COMENTARIO

 Ba 2,6-26 

Después de reiterar el reconocimiento de los pecados (vv. 6-10), continúa una oración contrita, con petición angustiada a Dios para que manifieste su misericordia (vv. 11-18), mirando desde su santo Templo de Jerusalén. Al mismo tiempo, el recuerdo de las señales y prodigios realizados en el éxodo de Egipto es motivo de esperanza (v. 11). La oración recurre a un tema habitual en el Antiguo Testamento (vv. 17-18): en el mundo infernal no se alaba a Dios (cfr Sal 6,6; 30,10; 88,6.12-13; Is 38,18-19). El escrito sagrado habla de «hades», pero no hay que pensar en la mitología griega sobre el más allá, sino que debe entenderse como el sheol hebreo, el destino de los que mueren (cfr nota a Jb 26,5-14). Son los vivos los que pueden alabar a Dios; pero se añade un matiz importante: los verdaderos adoradores de Dios son los débiles y los que sufren, en referencia a los «pobres del Señor» (cfr Is 49,13; 66,2; So 2,3).

Los vv. 19-26 retoman el reconocimiento de que los tremendos castigos recibidos de manos de Babilonia están bien merecidos y son cumplimiento de las predicciones antiguas. La mención de los tres males, hambre, espada y peste (v. 25), la encontramos también en Jr 14,12; 24,10; 38,2: enfatiza la totalidad de la destrucción.

La oración de los vv. 11-18, junto con la de 3,1-8, es citada por San Juan Pablo II, como ejemplo autorizado de súplica de la misericordia de Dios: «Israel fue el pueblo de la alianza con Dios, alianza que rompió muchas veces. Cuando, a su vez, adquiría conciencia de la propia infidelidad —y a lo largo de la historia de Israel no faltaron Profetas y hombres que despertaban tal conciencia—, se apelaba a la misericordia (…). Entre los hechos y textos de mayor relieve se pueden recordar: el comienzo de la historia de los Jueces (cfr Jc 3,7-9), la oración de Salomón al inaugurar el Templo (cfr 1 R 8,22-53), una parte de la intervención profética de Miqueas (cfr Mi 7,18-20), las consoladoras garantías ofrecidas por Isaías (cfr Is 1,18; 51,4-16), la súplica de los hebreos desterrados (cfr Ba 2,11-3,8), la renovación de la alianza después de la vuelta del exilio (cfr Ne 9)» (Dives in misericordia, n. 4).

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