COMENTARIO
Esta sección bastante homogénea viene a ser la presentación de los protagonistas: Dios y el profeta. Dios se manifiesta con toda su majestad en una visión extraordinaria en la que su gloria se hace presente (1,4-28). El profeta se muestra como depositario y encargado de transmitir al pueblo las palabras que el Señor le manifieste (2,1-3,15). Ezequiel se convierte así en centinela, atento siempre a los avatares de su pueblo (3,11-27), a pesar de las dificultades que le puedan sobrevenir: «¿Qué hizo que yo admirara a Ezequiel? El hecho de que, habiéndosele ordenado revelar y hacer conocer a Jerusalén sus desgracias, no consideró el peligro que corría con su predicación, sino que tuvo los ojos fijos únicamente en la obediencia a los mandatos de Dios» (Orígenes, Homiliae in Ezechielem 6,1).