COMENTARIO

 Ez 1,4-28 

La visión es majestuosa. Muestra con asombro la llegada del trono (v. 26) sobre el que se asienta «una figura con apariencia humana», que viene a ser «la imagen de la gloria del Señor» (v. 28). La «gloria del Señor» es indescriptible, por lo que se explica con aproximaciones: «Una especie de ambar» (v. 4), «como brasas ardientes de fuego, como antorchas» (v. 13), «algo como piedra de zafiro» (v. 26), etc., dando a entender que la grandiosidad de la gloria divina no cabe en los límites del lenguaje humano. El relato de la visión de la gloria divina indica la trascendencia e inefabilidad de Dios. San Cirilo de Jerusalén explicaba: «¿Quieres saber que no es posible conocer la esencia de Dios? (…). Dime algo de cómo son los querubines (…). El profeta Ezequiel, en cuanto le fue posible, esbozó una descripción de ellos, diciendo: cada uno tenía cuatro rostros: uno de hombre, otro de león, un tercero de águila, un último de toro (…). Si, no obstante esta descripción profética, no estamos aún en grado de hacernos una idea cabal; si, en efecto, no nos sentimos capaces de discernir el trono que el profeta apenas ha descrito, ¿cómo podremos comprender a aquél que está sentado encima, el invisible e inefable Dios? Pero si, de verdad, nos es imposible captar lo que es Dios, sin embargo, cuando observamos sus obras nos es posible elevarle alabanzas» (Catecheses ad illuminandos 9,3).

Los elementos del relato favorecen el esplendor de la visión, pero los detalles de cada uno resultan difíciles de entender. Muchos comentaristas piensan que los pormenores de la descripción fueron añadidos más tarde con la intención de acomodar la visión a las tradiciones cultuales, por ejemplo, para identificar el trono de la gloria del Señor con el carro que transportaba el arca en las solemnidades. Sin duda, cada una de las piezas de la visión tiene su significado, aunque en ocasiones se nos escape.

«El viento, la nube y el fuego» (v. 4) acompañan a las teofanías solemnes, como la del Sinaí (Ex 19,16-20; Sal 18,9-15; 29,3-10); en este caso resaltan el carácter celestial —«se abrieron los cielos» (v. 1)— de la visión.

«La figura de cuatro seres animados» (v. 5). El término hebreo hayot, con el que se designa a estos seres, indica que no son animales domésticos ni bestias salvajes, sino seres mitológicos representados con profusión en el arte asirio. El número cuatro en Ezequiel tiene sentido de plenitud a partir, seguramente, de los cuatro puntos cardinales: los cuatro seres tenían cuatro alas y cuatro rostros, además de haber cuatro ruedas que se movían en las cuatro direcciones (vv. 15-17). Estos seres no se identifican tampoco con ninguna criatura conocida, pues unas veces les acompañan pronombres masculinos y otras femeninos; unas veces el verbo está en singular, y otras en plural. De alguna manera, representan a todos los seres vivos, hombres y animales, que han sido creados para que con ellos y con su actividad se manifieste en todo su esplendor la gloria de Dios. Casi desde los orígenes de la exégesis cristiana (cfr S. Ireneo, Adversus haereses 3,11,18), los cuatro animales (cfr v. 10) se interpretaron como figura de los cuatro evangelistas: «Al comenzar por una genealogía humana, Mateo ha sido simbolizado a través del hombre; Marcos se simboliza por el león, porque comienza por un grito en el desierto; a Lucas le conviene el toro porque empieza su narración por el sacrificio; comenzando por la divinidad del Verbo, Juan merece ser el águila (…), porque cuando dirige su mirada hacia la esencia misma de la divinidad hace lo mismo que el águila que fija sus ojos en el sol» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Ezechielem prophetam 1,4,1).

«Las ruedas» (vv. 15-21) evocan la presencia de un carro de guerra; pero tienen también cualidades extraordinarias y se comportan como seres vivos —«llenos de ojos» (v. 18) y «animadas por el espíritu de vida» (v. 20)—. Representan a todas las criaturas inanimadas, creadas también para dar a conocer la grandeza de la gloria de Dios.

«El firmamento» (v. 22) era en la cosmología semita una especie de placa enorme y firme que separaba las aguas de arriba de las de abajo; la lluvia se producía cuando Dios abría las compuertas de esta placa (cfr Gn 1,6-8). Pero también servía de separación entre el ámbito terrestre y el celeste: por debajo del firmamento se desarrollaba la vida de las criaturas, y por encima de éste la vida de Dios. Por tanto, los elementos que aquí se presentan por encima del firmamento (vv. 24-28) están relacionados con Dios: la voz, la piedra semejante al zafiro, el fuego, el fulgor, etc., son manifestaciones de la majestad divina.

«La gloria de Dios» es el centro de la visión, a cuyo esplendor están orientados todos los detalles. En Ezequiel, como en la tradición sacerdotal (cfr Ex 13,22; 24,16; 40,35; Lv 9,23-24), la «gloria de Dios» se identifica con la presencia de Dios, soberana y activa entre los suyos. Cuando la gloria de Dios está presente, el pueblo está seguro, le irá bien; cuando se aleja, presagia la peor de las catástrofes. Ezequiel consigna que la visión le presenta una «semejanza», demût (como en Gn 1,26), de la gloria de Dios. Por eso, subrayó San Cirilo de Jerusalén: «El profeta vio una semejanza de la gloria del Señor (Ez 1,28); no al Señor en persona, sino únicamente una semejanza de su gloria; por tanto, ni siquiera su auténtica gloria, como era en realidad. Sin embargo, aunque sólo contempló una apariencia de la gloria divina, no la gloria verdadera, el profeta cayó al suelo por la turbación. Por eso, si encontrarse frente a una simple semejanza de la gloria de Dios aterró y desconcertó de aquel modo incluso a los profetas, es claro que si alguien pretendiera fijar su mirada en Dios mismo, perdería la vida. Es la misma Escritura la que lo testimonia: Ningún ser humano puede verlo [el rostro de Dios] y seguir viviendo» (Catecheses ad illuminandos 9,1).

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