COMENTARIO

 Ez 3,22-27 

La escena que cierra el relato de la vocación de Ezequiel repite los ingredientes esenciales. Primero, la iniciativa exclusiva del Señor expresada en la frase «la mano del Señor vino sobre mí» (v. 22; cfr 1,3). En segundo lugar, la teofanía, «como la gloria que había visto junto al río Quebar» (v. 23). Esta alusión a la primera visión de la gloria (cfr 1,1.3) se volverá a repetir en el momento de la profanación del Templo (cfr 10,12) y en el más trascendental de la restauración (cfr 43,3). El tercer elemento es la orden tajante de Dios de permanecer en casa y en silencio (vv. 24-26); aunque en este momento parezca paradójica, exige del profeta la solidaridad con su pueblo, puesto que con ellos ha de sufrir aislamiento, esclavitud y silencio. Los comentaristas antiguos en una lectura literalista han querido ver en esta orden la expresión de alguna enfermedad física o psíquica de Ezequiel; hoy todos entienden que el profeta se identifica con los deportados —que buscaban pasar inadvertidos mientras Jerusalén y el Templo estaban en pie—, y que está dispuesto a hablar sólo lo que el Señor quiera decir y cuando Él lo quiera. De hecho volverá a hablar cuando «el fugitivo» le confirme la destrucción de Jerusalén (24,27; 33,22). Este mandato seguramente no obligaba a Ezequiel a no pronunciar palabra alguna, puesto que en los capítulos siguientes hay recogidos muchos de sus oráculos. Sin embargo, sólo habló dentro de su casa, adonde muchos deportados, en especial los ancianos, acudían para escucharle (cfr 8,1; 14,1; 20,1.3).

«Haré que se te pegue la lengua al paladar» (v. 26). Expresión gráfica que se emplea casi siempre para referirse a los sufrimientos de los desterrados; en este contexto acentúa que la mudez del profeta es una adversidad añadida a las que ya estaba padeciendo en Babilonia por su condición de deportado.

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