COMENTARIO

 Ez 5,5-17 

Los oráculos contra Jerusalén están elaborados con tal esmero que parecen haber sido concebidos originalmente como textos escritos más que proclamados en voz alta. Comienzan con unas palabras sorprendentes: «Ésta es Jerusalén» (v. 5), a las que siguen tres amenazas concatenadas por una fórmula parecida: «Por eso, esto dice el Señor» (vv. 7.8; cfr v. 11). La primera es una acusación particular contra Jerusalén, que ha superado en maldad a todas las naciones (v. 7). La segunda presenta al Señor airado y dispuesto a infligir un castigo como nunca antes lo había hecho (vv. 8-10). La tercera, con un mayor desarrollo literario, detalla las desgracias que van a sobrevenir sobre Jerusalén (vv. 11-17).

En la solemnidad del anuncio del castigo el profeta utiliza por primera vez los términos: «Y sabrán que Yo, el Señor…» (vv. 13-15), que serán habituales de aquí en adelante. Deja así constancia de que toda acción divina, también la que tiene como efecto el asedio y destrucción de Jerusalén, es una forma de Revelación ya que manifiesta quién es Dios —el Ser soberano—, y cómo actúa con los hombres, con libertad y justicia. La fórmula: «Sabrás (sabréis, sabrán) que Yo soy el Señor», repetida más de cincuenta veces, se completa, aquí y en otros lugares, con la expresión: «Yo, el Señor, he hablado». Así se subraya con solemnidad que, viniendo de Dios, el oráculo se cumplirá con certeza.

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