COMENTARIO

 Ez 6,1-14 

Después de la condena de Jerusalén el profeta se dirige «a los montes de Israel». Para un deportado que se encontraba en las inmensas llanuras de Babilonia, las montañas venían a ser la figura del Israel añorado. Por eso, a la hora de condenar al país, la diatriba se dirige a los montes; y si hay que consolar, se consuela dirigiéndose también a ellos (cfr 36,1-15). Las montañas fueron siempre lugar de culto: los cananeos erigieron allí sus templos; los israelitas que los heredaron mantuvieron allí el culto, unas veces a los ídolos, otras al Señor, Dios verdadero. Pero a partir de la reforma de Josías (2 R 22,1-23,25), sólo el Templo de Jerusalén, el monte Sión, conservó el culto legítimo al Señor. Los demás santuarios situados en los lugares altos y, a veces, en las cañadas o en los valles, se convirtieron en lugares de culto idolátricos. Para Ezequiel, de todos modos, la orografía tiene un simbolismo religioso: las montañas en particular muestran mayor cercanía a Dios.

El oráculo tiene tres partes que terminan con la misma fórmula: «Sabréis que Yo soy el Señor» (vv. 7.10.14). La primera (vv. 1-7) contiene una condena rigurosa de «los lugares altos», que serán destruidos (v. 4) o, lo que es peor, profanados con cadáveres (v. 5). La segunda parte (vv. 8-10) anuncia la esperanza de «un resto» (v. 8), que reconocerá sus delitos y comprenderá que el castigo no ha sido en vano. La tercera (vv. 11-14), que comienza con un gesto de alegría del profeta que bate palmas y bailotea con los pies (v. 11), anticipa la alegría que tendrán los deportados cuando entiendan el carácter salvífico del propio destierro. Los castigos de Dios no son otra cosa que llamadas de atención, porque «Dios no quiere simplemente que nosotros seamos atormentados, sino que reflexionemos sobre todas estas cosas según la sabiduría del Señor (…) y entendamos los castigos que nos envía como dignos de Dios y en armonía con su juicio» (Orígenes, Homiliae in Ezechielem 5,1).

Volver a Ez 6,1-14