COMENTARIO
Además del ídolo ofensivo, se describen los pecados de idolatría que se cometían en el interior del Templo: adoración de reptiles y animales abominables introducida probablemente por los proegipcios puesto que recuerdan a los dioses del Nilo (vv. 10-13); mujeres llorando por Tamuz, el dios mesopotámico de la vegetación y la fecundidad (vv. 14-15); y, como máxima manifestación de depravación, aquellos veinticinco hombres, probablemente sacerdotes, que adoraban al sol (vv. 16-17). Ante esta perversión tan desmedida el Señor enviará el castigo de modo implacable. Comentando las pinturas idolátricas de las paredes, San Jerónimo hace una aplicación moral: «También nosotros mostramos ídolos pintados en las paredes de nuestro Templo cuando nos dejamos vencer por todos los vicios y pintamos en nuestro corazón la conciencia de los pecados e imágenes diversas» (Commentarii in Ezechielem 8,11). Esta aplicación moral encuentra su expresión más feliz en la mística, que se sirve de las imágenes de Ezequiel para describir a los enemigos del alma para su encuentro con Dios: «Las diferencias de sabandijas y animales inmundos, que estaban pintados en el primer retrete del templo, son los pensamientos y concepciones que el entendimiento hace de las cosas bajas de la tierra y de todas las criaturas, las cuales, tales cuales son, se pintan en el templo del alma cuando ella con ellas embaraza su entendimiento, que es el primer aposento del alma. Las mujeres que estaban más adentro, en el segundo aposento, llorando al dios Adonis, son los apetitos que están en la segunda potencia del alma, que es la voluntad. Los cuales están como llorando, en cuanto codician a lo que está aficionada la voluntad, que son las sabandijas ya pintadas en el entendimiento. Y los varones que estaban en el tercer aposento, son las imágenes y representaciones de las criaturas, que guarda y revuelve en sí la tercera parte del alma, que es la memoria. Las cuales se dice que están vueltas las espaldas contra el templo porque, cuando ya según estas tres potencias abraza el alma alguna cosa de la tierra acabada y perfectamente, se puede decir que tiene las espaldas contra el templo de Dios, que es la recta razón del alma, la cual no admite en sí cosa de criatura» (S. Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 1,9,6).