COMENTARIO
La decisión divina de «obrar con furor» (8,18) se lleva a cabo con todo detalle. En la descripción de la matanza de los habitantes de Jerusalén (v. 6) cuenta más la doctrina religiosa que la exactitud de lo ocurrido cuando los ejércitos babilónicos invadieron la ciudad. Los elementos de la descripción tienen un simbolismo intencionado aunque no siempre lleguemos a conocerlo. Así, los verdugos vienen del norte (v. 2), de donde provenían las invasiones asirio–babilónicas capaces de destruir el reino. Son siete, seis con «instrumentos de exterminio» y uno con vestiduras sacerdotales de lino (cfr Ex 28,42; Lv 16,4); es decir, constituyen un número que indica totalidad y, al estar dirigidos por un sacerdote, se supone que están a las órdenes del Señor. Se está describiendo, por tanto, una destrucción absoluta y completa. Si estos hombres, como parece, simbolizan los ejércitos de Nabucodonosor, Ezequiel los presenta como instrumentos en manos de Dios y no como invasores perversos.
La «gloria del Señor de Israel» (v. 3) se eleva desde el Santo de los Santos para dirigir la operación de castigo y, sobre todo, como señal de que inicia el abandono de su lugar propio, el Templo. La «señal» (v. 4) es una taw, última letra del alfabeto que en hebreo antiguo tenía forma de cruz aspada y que recuerda la señal de Caín (Gn 4,15). Significa que todos los signados escaparán de la muerte, pero no de las penalidades (cfr 7,16). Quizá son todos los desterrados, compañeros del profeta. San Jerónimo recoge una bella interpretación de Orígenes: «Preguntados los hebreos qué significaba la taw, unos decían que, por ser la última letra de las veintidós del alfabeto, fue el último elemento que mostraba la perfección de aquellos que gemían y lloraban por los pecados del pueblo. Otros decían que era la señal de los que habían cumplido la Ley, que en hebreo se dice Torah. Otros, por fin, hablaban de los que habían creído en Cristo, puesto que la taw, en forma de cruz, anuncia proféticamente la señal con la que los cristianos serían signados en la frente al recibir el bautismo» (Selecta in Ezechielem 9).
Profanar el Templo con víctimas (v. 7) o con cadáveres es el castigo más grave porque obliga al Señor a abandonarlo. De esta forma la futura destrucción de la ciudad es sólo una consecuencia de que todo está profanado.