COMENTARIO
El asedio de Jerusalén terminó en un pavoroso incendio que arrasó el Templo, el palacio real y las casas particulares (cfr 2 R 25,9). Ezequiel describe ese momento con lenguaje teológico, y lo hace coincidir con la salida majestuosa de la gloria de Dios que abandona el Santuario.
La primera escena (vv. 1-7) presenta al sacerdote, vestido de lino, encargado de tomar el fuego para incendiar la ciudad desde el mismo trono divino. La guerra de Jerusalén es interpretada, por tanto, como una purificación necesaria, realizada bajo las indicaciones del mismo Dios. La gloria de Dios (v. 4) se manifiesta aquí en medio de la nube de humo y del resplandor que brota del fuego que abrasa y purifica. Así aparece también en el relato de la vocación de Isaías (cfr Is 6,6-7).
En la segunda escena (vv. 8-17) se describen los pormenores del trono de la gloria de Dios. Muchos detalles completan y aclaran lo expuesto en el capítulo primero. Los «querubines», aquí mencionados hasta dieciocho veces, son los mismos «seres animados» del capítulo primero (1,15); además de transportar el trono divino cumplen las órdenes del Señor, en concreto, la de entregar el fuego purificador al hombre vestido de lino (v. 7). Son, por tanto, criaturas descritas con caracteres fantásticos, que en Ezequiel simbolizan a todos los seres imaginables, extraños, pero sometidos al Señor, a quien sirven y obedecen con prontitud y delicadeza extremas.
La última escena (vv. 18-22) contiene la salida de la gloria del Señor del Templo. La fuerza de la descripción está precisamente en que no se detiene en los pormenores de la salida, sino que va detallando la comitiva de la gloria divina e identificando cada uno de los elementos que había visto junto al río Quebar: es la misma gloria del Dios de Israel (v. 19), los mismos querubines y seres animados (v. 20), con el mismo aspecto en el rostro y en las alas. Todos estos detalles reflejan la nostalgia y la desolación del vidente, que siente en lo hondo el abandono del Dios de Israel. Actualizando esta nostalgia de Dios, y de su gloria, San Gregorio Magno comentaba: «Ya que no podemos ver la imagen de la gloria del Señor por medio del espíritu de profecía, debemos buscar conocerla continuamente y querer contemplarla asiduamente en la Sagrada Escritura, en los anuncios del cielo y en las lecciones del espíritu» (Homiliae in Ezechielem prophetam 1,8,32).