COMENTARIO

 Ez 11,14-21 

El oráculo dirigido a los deportados está lleno de esperanza al contraponer lo que pensaban quienes todavía permanecían en Jerusalén y lo que piensa Dios. Aquéllos consideraban que los deportados cargaban con el castigo por su alejamiento culpable del Señor, y que ese castigo llevaba consigo la pérdida del derecho a heredar la tierra (v. 15). El Señor, en cambio, asegura que Él sigue siendo el santuario en el que se hace presente entre los deportados (v. 16), y que, cuando termine el destierro, les entregará de forma definitiva la tierra de Israel (v. 17) y les concederá un corazón y un espíritu nuevos (v. 18).

«Seré para ellos su santuario» (v. 15). Ezequiel repite de mil maneras la presencia del Señor entre los deportados, insistiendo en la doctrina que ya había iniciado Jeremías: Dios no está obligado a hacerse presente únicamente en el Templo de Jerusalén (cfr Jr 7-8), puesto que su presencia estará siempre con sus fieles. Al señalar «por poco tiempo» indica que el destierro será breve.

«Un solo corazón… un espíritu nuevo» (v. 19). Las versiones traducen de distintas maneras. El griego y algunos manuscritos a los que sigue la Neovulgata leen: «otro corazón». El texto subraya que no habrá divisiones entre los que se habían quedado en Jerusalén y los que vendrían de fuera. Este gran don de la unidad será evocado gozosamente en el Nuevo Testamento al describir la primitiva comunidad de cristianos que tenían «un solo corazón y una sola alma» (cfr Hch 4,32). La imagen del corazón de carne, humano, sustituyendo al «corazón de piedra» insensible, expresa gráficamente la renovación total, interior y exterior (cfr 36,26-27), que alcanza al pueblo como colectividad y a cada individuo (v. 21). Y comenta uno de los primeros escritos cristianos: «Dice esto porque había de manifestarse en carne y habitar en nosotros. En efecto, hermanos míos, templo santo es para el Señor la morada de nuestro corazón» (Epístola de Bernabé, 6,14-15).

Juan Casiano, al explicar que todo lo que es necesario para la salvación viene de Dios, se apoya en el texto de 11,19-20 en los siguientes términos: «Incluso, el mismo temor de Dios, por el cual nos mantenemos cercanos a Él, nos viene infundido por el Señor. (…) Ezequiel dice: Les daré un corazón nuevo y derramaré en sus entrañas un espíritu nuevo. Ésta es la enseñanza profunda y clarísima de todo esto: incluso el inicio de la buena voluntad nos viene concedido por inspiración del Señor cuando nos atrae a la salvación, directamente o por exhortaciones de otro, o casi constriñéndonos. E igualmente de Él nos viene dada la perfección de la virtud. A nosotros nos toca sólo corresponder con vigor o con tibieza a este estímulo y ayuda de Dios, mereciéndonos así el premio o los castigos» (Collationes 3,19).

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