COMENTARIO

 Ez 13,1-16 

Este oráculo denuncia a los falsos profetas en cuanto videntes de mentiras (vv. 1-7), y en cuanto propagadores de engaños (vv. 8-16).

«Siguiendo su propio espíritu» (v. 3) y no el del Señor. La característica esencial del profeta verdadero es actuar movido por el espíritu de Dios, como siempre hizo Ezequiel (cfr 2,2; 3,12; 8,3; 11,1.24). Los profetas falsos, al seguir su propio espíritu (cfr Jr 23,16), hablan sin saber y profieren oráculos ineficaces y vacíos.

«Como chacales entre ruinas» (v. 4). Esta imagen enfatiza la mezquindad de esos profetas que se mueven a sus anchas entre las desgracias del pueblo (cfr Is 13,22; Jr 9,10; 10,22; 51,37). El verdadero profeta, en cambio, busca sólo el bien; es el centinela de Israel que anuncia y previene el mal (cfr 3,16-21). San Gregorio Magno se apoya en este pasaje de Ezequiel para exhortar a los pastores de la Iglesia con estas palabras: «En tiempos tranquilos, en la guarda de la grey también el mercenario se comporta en general como el verdadero pastor; pero cuando viene el lobo, se ve con qué ánimo guardaba la grey. Y viene el lobo sobre la grey cuando cualquier injusto tirano oprime a los fieles y a los humildes. Aquel que parecía pastor y no lo era, abandona las ovejas y huye, porque teme el propio peligro y no se atreve a resistir a la injusticia. Y huye, no sólo cambiando de lugar, sino privando de apoyo al rebaño. Huye porque ve la injusticia y calla; huye porque se esconde en el silencio. De éstos ha sido dicho bien por voz del profeta: No habéis tomado la defensa, no habéis opuesto un muro para defender la casa de Israel, acudiendo a la batalla del día del Señor (Ez 13,5)» (Homiliae in Evangelia 1,14,2).

«No tendrán parte en el consejo de mi pueblo» (v. 9). Es decir, no podrán ser aceptados ni como dirigentes, ni como miembros ordinarios en el censo de Israel. Esta fórmula de exclusión refuerza la predilección del Señor por Israel, que en este capítulo es denominado «mi pueblo» hasta siete veces.

«Paz, y no había paz» (v. 10). Se sintetiza así el gran engaño que adormecía al pueblo impidiéndole reaccionar. También Jeremías había repetido el mismo grito de denuncia (cfr Jr 6,14; 8,15; 14,13; 23,17) frente a los falsos profetas, que buscaban granjearse el afecto de sus interlocutores, sin importarles la verdad ni el bien de los suyos.

«Mi pueblo edifica un muro y ellos lo revocan de cal» (v. 10). La imagen del simple blanqueo refleja la falsedad de estos profetas. Jesús usará una imagen semejante para denunciar la hipocresía de algunos fariseos que eran como «sepulcros blanqueados» (Mt 23,27). El profeta verdadero, como el médico, no puede conformarse con disimular el mal, sino que debe atajarlo. Tampoco el buen director de almas debe limitarse a comprender el mal.

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