COMENTARIO

 Ez 14,1-11 

La idolatría rebrota tanto entre los deportados como entre los que han quedado en Jerusalén. Lo peor es que unos y otros quieren compaginarla con el culto al Señor y acuden a Él a consultarle. San Juan de la Cruz hace una interpretación muy sugerente de estos versículos: «Porque así lo profetizó Ezequiel en nombre de Dios; el cual, hablando contra el que se pone a querer saber por vía de Dios curiosamente, según la variedad de su espíritu, dice: Cuando el tal hombre viniere al profeta para preguntarme a mí por él, yo, el Señor, le responderé por mí mismo, y pondré mi rostro enojado sobre aquel hombre; y el profeta cuando hubiere errado en lo que fue preguntado, ego, Dominus, decepi prophetam illum, esto es: Yo, el Señor, engañé aquel profeta. Lo cual se ha de entender, no concurriendo con su favor para que deje de ser engañado; porque eso quiere decir cuando dice: Yo, el Señor, le responderé por mí mismo, enojado; lo cual es apartar él su gracia y favor de aquel hombre. De donde necesariamente se sigue el ser engañado por causa del desamparo de Dios. Y entonces acude el demonio a responder según el gusto y apetito de aquel hombre, el cual, como gusta de ello, y las respuestas y comunicaciones son de su voluntad, mucho se deja engañar» (Subida al monte Carmelo 2,21,13).

«Ídolos en su corazón» (vv. 3.4.7). El término ídolos (gillulîm, en hebreo) abarca tanto a los dioses falsos cananeos venerados por los habitantes de Jerusalén, como a los babilónicos, adorados por los deportados. Puede indicar imágenes, estatuas, objetos, ritos o ceremonias que alejaban a los israelitas del Dios verdadero y los hacían impuros (cfr 6,8-10; 20; 23). Con las expresiones «erigir ídolos en su corazón» y «poner ante su rostro la ocasión de su iniquidad» (vv. 4.7) Ezequiel lamenta y condena el pecado de idolatría en general y la impureza ritual consiguiente.

«Ellos serán mi pueblo y Yo seré su Dios» (v. 11). Fórmula típica de la tradición sacerdotal para referirse a la Alianza (cfr Ex 6,7; Lv 26,12). Aparece también en Jeremías (cfr Jr 7,23; 11,4; 30,22; 32,38), pero es Ezequiel quien la usa más a menudo (36,28; 37,27, etc.), para referirse a la restauración definitiva después del destierro. Pone de relieve el carácter indisoluble del pacto, de modo que, aunque los pecados sean muy graves y merezcan graves castigos, la Alianza seguirá en pie.

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