COMENTARIO
En la destrucción de Jerusalén se salvarán los justos, pero no podrán beneficiarse sus familiares; los impíos serán condenados, pero no por eso lo serán sus hijos. La enseñanza sobre la responsabilidad personal (cfr caps. 18 y 33) está desarrollada en este oráculo con técnicas sapienciales. Se proponen cuatro casos semejantes, correspondientes a cuatro desgracias que resumen el asedio y destrucción de Jerusalén: hambre, espada, bestias feroces y peste. En cada caso se repiten el mismo planteamiento, el mismo desarrollo y la misma conclusión. Al final aparece con claridad la moraleja: el Señor tiene que infligir un castigo ejemplar a los israelitas que han pecado, pero quedará «un resto» que mantendrá las promesas y hará saber a las generaciones futuras que el Señor no actuó en vano contra Jerusalén (v. 23).
«Noé, Daniel y Job». El primero es bien conocido por el relato del diluvio donde es denominado «justo» (cfr Gn 7,1; 6,8); Daniel es probablemente el nombre de un antiguo rey cananeo del siglo XIV a.C., famoso por su rectitud y justicia, y conocido por la literatura de Ugarit. El libro de Daniel, escrito más tarde, utilizó el mismo nombre por su proverbial honradez. Job era también un personaje legendario, recordado en el libro que lleva su nombre como «recto y justo» (Jb 1,1). Los tres coinciden en su conducta justa y en su origen no israelita. Seguramente Ezequiel, al nombrarlos aquí, pretende dar a su doctrina sobre la responsabilidad personal una proyección amplia, universal; y, en todo caso, reconoce que también fuera de Israel, los hombres pueden llevar una vida recta: «La alianza con Noé permanece en vigor mientras dura el tiempo de las naciones, hasta la proclamación universal del Evangelio. La Biblia venera algunas grandes figuras de las “naciones” como “Abel el justo”, el rey–sacerdote Melquisedec, figura de Cristo, o los justos “Noé, Daniel y Job” (Ez 14,14). De esta manera la Escritura expresa qué altura de santidad pueden alcanzar los que viven según la alianza de Noé en espera de que Cristo “reúna en uno a todos los hijos de Dios dispersos” (Jn 11,52)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 58).
Al mismo tiempo, el pasaje queda como exhortación a mantener con fidelidad los compromisos con el Señor: «Si ni siquiera tales justos, a pesar de su justicia, pueden librar a sus propios hijos, nosotros, si no guardamos el bautismo puro y sin mancha, ¿con qué confianza entraremos en el Reino de Dios?, ¿o quién será nuestro abogado si nos encontramos sin obras justas y santas?» (Pseudo-Clemente Romano, Epistula II ad Corinthios 6,9).