COMENTARIO
La vid (cfr 17,6-10), tan abundante en Israel como en todo el mundo mediterráneo, es mencionada en la Biblia como imagen del pueblo elegido. Isaías tiene una bella «canción de la viña», que expresa la predilección divina por Israel (Is 5,1-7); otros profetas han visto en la vid frondosa o estéril el símbolo de las riquezas o las mezquindades de este pueblo (cfr Os 10,1; Jr 2,21; Sal 80,9-17). Todos se han fijado en el fruto, abundante o escaso, dulce o agraz. Este poema, en cambio, se centra en la planta misma, en la inutilidad de su madera y el destino de los sarmientos para el fuego. Jesucristo se valió de esta misma imagen para explicar la necesidad de vivir unido a Él para tener unión con Dios: «Si alguno no permanece en mí es arrojado fuera como los sarmientos y se seca; luego los recogen, los arrojan al fuego y arden» (Jn 16,5).
En la primera parte del poema (vv. 1-5) se describe poéticamente el escaso valor de las cepas y los sarmientos, y en la segunda (vv. 6-8) se aplican sus conclusiones a la ciudad de David. De esta forma, el poema viene a ser una reflexión dramática sobre la destrucción anunciada en los capítulos anteriores. Hasta aquí, Ezequiel había utilizado los recursos literarios comunes a los profetas: oráculos, visiones, acciones simbólicas, etc.; ahora se vale de esta composición poética para convencer a sus oyentes de que la destrucción es inminente e inexorable.