COMENTARIO

 Ez 16,6-34 

La acusación de infidelidad contra Jerusalén contiene la relación de los beneficios recibidos por parte de Dios (vv. 6-14) y los crecientes delitos de la ciudad santa, que muestran una y otra vez el abuso y malversación de lo que Dios le concedió (vv. 15-34). Aunque la acusación tiene base histórica, no pretende recorrer los acontecimientos del pueblo en detalle, sino resaltar su conducta infame y desleal.

«Pasaba Yo por tu lado» (v. 6). El paso de Dios tiene carácter salvífico para hacer de una criatura abandonada, la mujer más hermosa, envidiada por todas. Esta imagen la aplicará San Juan de la Cruz al paso del Señor junto a las almas (Cántico espiritual 23,6), y desde esas expresiones se puede entender la relación del alma con Dios como una historia de amor. Así lo hacía Santa Teresa de Lisieux: «Estaba en la edad más peligrosa para las chicas. Pero Dios hizo conmigo lo que cuenta Ezequiel en sus profecías: “Al pasar junto a mí, Jesús vio que yo estaba ya en la edad del amor. Hizo alianza conmigo, y fui suya… Extendió su manto sobre mí, me lavó con perfumes preciosos, me vistió de bordados y me adornó con collares y con joyas sin precio… Me alimentó con flor de harina, miel y aceite en abundancia… Me hice cada vez más hermosa a sus ojos y llegué a ser como una reina…”. Sí, Jesús hizo todo eso conmigo. Podría repetir esas palabras que acabo de escribir y demostrar que todas ellas, una por una, se han realizado en mí; pero las gracias que he referido más arriba son ya prueba suficiente de ello» (Manuscritos autobiográficos 5,47,r).

«Pero tú, envanecida… te prostituiste» (v. 15). La ruptura con Dios especialmente por el pecado de idolatría era ya designada como prostitución por los profetas que describen la Alianza bajo la imagen esponsal (cfr Os 2,18-25; Jr 2,2-3). Ezequiel acentúa los perfiles de este delito al señalar que, en vez de percibir salarios de sus prostituciones, era ella quien los daba a sus amantes, es decir, a otros dioses, y, lo que es más grave, les obsequiaba con los bienes que recibía del Señor (v. 33): así se comportó Jerusalén con Egipto (v. 26), con Asiria (v. 28) y con Babilonia (v. 29). El profeta muestra que, como la historia de Jerusalén no pudo ser peor, difícilmente se podría encontrar un castigo proporcionado a tanto delito. Sin embargo, al subrayar los aspectos negativos en la acusación, Ezequiel vislumbra la grandeza de la restauración que vendrá tras el castigo. En alguna ocasión, estas imágenes de Ezequiel se vieron también como una profecía de Cristo: «La Hija de Sión pagó mal los beneficios de la bondad del Señor. El Padre la había lavado con su sangre, pero ella manchó a su hijo con salivazos. Dios la había vestido de púrpura; ella le puso unos vestidos de escarnio. Él la había coronado con una corona de gloria en su cabeza; ella le coronó de espinas. Él la había alimentado de leche y miel; ella le dio hiel. Él le había dado vino puro; ella le ofreció una esponja empapada con vinagre. Él la había introducido en sus ciudades; ella le arrojó al desierto. Él la había calzado con sandalias; ella le hizo caminar con los pies desnudos hasta el Gólgota. Él le había ceñido el pecho con zafiro; ella le traspasó el costado con una lanza. Cuando ella infligió ultrajes a los servidores de Dios y mató a los profetas y fue llevada cautiva a Babilonia, y una vez cumplido el tiempo de su castigo, ella volvió libre de su cautividad» (S. Efrén de Nisibi, Commentarii in Diatessaron 18,1). El Pseudo-Macario, por su parte, aplica este texto de Ezequiel a toda alma cristiana que ha sido infiel a las gracias divinas. Tras citar de modo libre y resumido 16,6-15, exclama: «De este modo reprocha el Espíritu al alma que, en virtud de la gracia, había conocido a Dios; al alma que, purificada de los pecados precedentes, decorada con ornamentos del Espíritu Santo y constituida en partícipe del alimento divino y celeste, ha sido expulsada y apeada de la vida que había gozado, al comportarse indecorosamente, a pesar de su serio conocimiento, y no haber conservado la justa benevolencia y el debido amor hacia Cristo, su esposo celestial» (Homiliae spirituales 15,4).

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