COMENTARIO
Siguiendo la alegoría de los miembros de una familia se compara la conducta de Jerusalén con la de Samaría y Sodoma, presentando a las tres como hermanas. Samaría había sido invadida por los asirios por culpa de su idolatría (2 R 17,5.17) y, mucho antes, a Sodoma la había devorado el fuego por culpa de sus gravísimas perversiones (Gn 19,23-29). Pero Jerusalén ha superado en mucho los delitos de sus hermanas (vv. 47-48) y, por tanto, habrá de cargar con las consecuencias de sus crímenes (v. 58; cfr v. 43). Ezequiel, con estas alegorías, pone de relieve que los pecados de Jerusalén son especialmente graves porque es la ciudad predilecta del Señor (cfr Is 49,14-16; 54,6-7, etc.).
En el v. 49 se apunta la raíz de los vicios de Sodoma que degeneraron después en graves pecados: la vida ociosa, regalada y despreocupada. De ahí que en la tradición ascética se apuntara la huida del ocio como un remedio para conservar la virtud. Así lo recoge el Catecismo Romano, cuando señala los medios para vivir con integridad el sexto mandamiento del Decálogo: «En primer lugar es necesario que huyamos totalmente del ocio, en el que, como escribe Ezequiel, vivían inmersos los habitantes de Sodoma, por lo que se precipitaron y cayeron en aquella vergonzosa maldad de la concupiscencia» (Catecismo Romano 3,7,10).