COMENTARIO

 Ez 16,59-63 

En las alegorías anteriores latía la promesa de la restauración final. En estos versículos el profeta concentra su esfuerzo en asegurar la Alianza eterna (v. 60) que el Señor establecerá con la ciudad una vez que haya sido purificada por el castigo. Ezequiel es quien con mayor claridad expone el valor purificador del destierro. Y lo que vale para aquellos hombres, vale para el alma cristiana: «Por eso, como la vergüenza y la confusión están siempre con nosotros, si pecamos, pidamos de todo corazón a Dios que nos conceda luchar hasta el fin para poder afirmar la verdad con todas las fuerzas del alma y del cuerpo. Y si se presenta una ocasión que ponga a prueba nuestra fe —pues, como el oro es probado en el crisol, nuestra fe es probada por los peligros y las persecuciones—, incluso si se desata una persecución, que nos encuentre preparados (…) y que en esa preparación para el combate demostremos el amor que tenemos a Dios en Cristo Jesús» (Orígenes, Homiliae in Ezechielem 10,5).

«Recordaré la alianza» (v. 60). El juego de palabras «recordar la alianza», «recordar los caminos» (v. 61), da más fuerza al mensaje de perdón: el pueblo, al rememorar su conducta, se avergüenza; el Señor toma la iniciativa, perdona, renueva la Alianza y en consecuencia, el pueblo reconoce sus pecados y se arrepiente. El mismo proceso aparecerá en la parábola del hijo pródigo, en la que el padre perdona al hijo antes de escuchar su arrepentimiento (Lc 15,11-32), si bien Jesús pone el acento en la paternidad más que en la Alianza, y en la consideración de la persona más que en el pueblo entero.

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