COMENTARIO

 Ez 17,1-10 

La historia antigua del pueblo antes de la monarquía ha quedado reflejada en los avatares de la esposa infiel, castigada primero y absuelta para siempre con la Alianza eterna. La historia inmediata, la que va de la primera deportación el año 597 a.C. a la segunda en el año 587, se presenta ahora bajo la imagen de las dos águilas. Teniendo presentes los datos de 2 R 24,8-25,21, pueden identificarse los elementos de la alegoría: la primera águila, «de gran envergadura» (v. 3), es Nabucodonosor; el cedro es Jerusalén, de donde el rey caldeo se llevó sólo una parte, un ramo, en la primera deportación; el «renuevo» de sus ramas (v. 4) es el rey Yoyaquín llevado a Babilonia, «ciudad de mercaderes» (v. 4), y tratado como prisionero real; la «semilla de la tierra» (v. 5) es Sedecías, tío de Yoyaquín, puesto en el trono de Jerusalén, la «viña espaciosa» (v. 6), que comenzó a rehacerse y a fructificar. Hasta aquí la parte positiva de esta historia.

La segunda águila, «de grandes alas y abundante plumaje» (v. 7), es el faraón de Egipto, bien Samético II o su sucesor, Jofrá, con quien Sedecías hizo un pacto traicionando el anterior acuerdo con Nabucodonosor (cfr Jr 37,3-10). Por último, «el viento ardiente» (v. 10), que destruirá todo, es de nuevo Nabucodonosor, instrumento de la «ira ardiente» del Señor, que llevará a la ciudad santa a la ruina total.

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