COMENTARIO

 Ez 18,1-32 

La imagen paterno–filial es el marco que utiliza Ezequiel para seguir explicando el porqué de la catástrofe de Jerusalén y del destierro. En los capítulos anteriores ha mostrado que el Señor no fracasa en sus planes de predilección por Israel, sino que mediante el castigo oportuno se recompone la Alianza quebrantada. Ahora insiste en una lección crucial para los deportados: el Señor no es cruel ni injusto con ellos, como no lo es al permitir el sufrimiento entre los hombres.

La doctrina tradicional hacía más hincapié en la unidad del pueblo en un sentido tanto espacial —todas las regiones formaban Israel— como temporal —todas las generaciones eran el mismo pueblo—. Así el Señor se define justo y misericordioso cuando premia o castiga a las generaciones sucesivas (cfr Ex 34,6-7 y nota). Pero Ezequiel da un paso muy importante al enseñar la responsabilidad individual: los deportados no han sido castigados por lo que hicieron sus antepasados, sino por sus propios pecados. Esta explicación del sufrimiento supone un gran avance, pero es aún incompleta y parcial, pues se ciñe a la circunstancia inmediata de los deportados. También el libro de Job planteará el problema del dolor del inocente y su respuesta resultará todavía insuficiente. Sólo en el Nuevo Testamento quedará aclarada la doctrina a partir de la muerte de Jesucristo en la cruz. Él sufre por los pecados de los hombres, Él muere para redimirnos, y nos enseña que todo sufrimiento, también el de un inocente, tiene valor redentor: «Al considerar una vez más los misterios centrales de nuestra fe, nos maravillamos de cómo las realidades más hondas —ese amor de Dios Padre que entrega a su Hijo, y ese amor del Hijo que le lleva a caminar sereno hacia el Gólgota— se traducen en gestos muy cercanos a los hombres. Dios no se dirige a nosotros con actitud de poder y de dominio, se acerca a nosotros, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres. Jesús jamás se muestra lejano o altanero, aunque en sus años de predicación le veremos a veces disgustado, porque le duele la maldad humana. Pero, si nos fijamos un poco, advertiremos en seguida que su enfado y su ira nacen del amor: son una invitación más para sacarnos de la infidelidad y del pecado. ¿Quiero yo acaso la muerte del impío, dice el Señor, Yavé, y no más bien que se convierta de su mal camino y viva? Esas palabras nos explican toda la vida de Cristo, y nos hacen comprender por qué se ha presentado ante nosotros con un Corazón de carne, con un Corazón como el nuestro, que es prueba fehaciente de amor y testimonio constante del misterio inenarrable de la caridad divina» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 162).

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