COMENTARIO

 Ez 18,1-20 

Para replicar al malévolo adagio de las agraces de los padres y la dentera de los hijos (cfr Jr 31,29), Ezequiel propone un caso práctico, con tres generaciones: un padre justo (vv. 5-9) al que le nace un hijo «violento y sanguinario» (vv. 10-13) y de éste sale un nieto que es, de nuevo, «justo y temeroso» (vv. 14-20). La moraleja en todos los casos es la misma: «El que peque, y no otro, morirá» (v. 20; cfr vv. 4.13); «sobre el justo recaerá su justicia y sobre el impío su impiedad» (v. 20; cfr v. 9). Esta ambivalencia entre la imputación personal y colectiva del pecado constituyó un reto a la catequesis que lo exponía de la siguiente manera: «La amenaza de Dios de extender sus castigos hasta la tercera y cuarta generación debe entenderse no en el sentido de que los hijos pagarán siempre las penas de las culpas de sus padres sino en el sentido de que es absolutamente necesaria una expiación (…). Por eso, no ha de verse una contradicción entre esta conducta divina y las palabras del profeta: el alma que peque, esa morirá (Ez 18,4). San Gregorio, totalmente concorde con la doctrina de los Santos Padres, lo explica así: “Todo el que reproduce la maldad de su padre está también vinculado a su culpa. Mas el que no imita su maldad, no es portador de su carga moral. Y así el hijo malo de padre malo, no sólo paga las culpas propias, sino también las de su padre, no habiendo temido añadir a la perversidad paterna, contra la cual estaba el Señor, su propia maldad; es justo, por lo demás, que el que, a la vista de un severo juez, no se contuvo de seguir los pasos de un mal padre, sea obligado aun en esta vida a pagar las culpas del propio padre impío”» (Catecismo Romano 3,2,31-32).

Los pecados enumerados en cada caso —idolatría, adulterio, impureza, opresión, avaricia, injusticia (vv. 6-8; 11-13; 15-17)— pretenden resumir todos los preceptos del Señor, especialmente los contenidos en el llamado «código deuteronómico» (Dt 12,1-26,15) y en la «ley de santidad» (Lv 17,1-26,46). En esa época, además del Decálogo, eran familiares algunas listas de virtudes (cfr Sal 15,2-4; Is 33,15-16; Jr 22,3-5; Mi 6,8) y de pecados (cfr 22,6-12). También en el Nuevo Testamento se utilizarán listas parecidas (cfr 1 Co 5,11; Ef 5,5) como instrumento eficaz de enseñanza de la moral. Se observa así que Ezequiel, como sacerdote, conocía las técnicas didácticas utilizadas en el Templo. Siguiendo esta tradición la Iglesia siempre ha recomendado que en instrucción catequética se empleen los medios más eficaces «para que los fieles, de manera adaptada a su modo de ser, capacidad, edad y condiciones de vida, puedan aprender la doctrina católica de modo más completo y llevarla a la práctica» (Código de Derecho Canónico, c. 779).

Volver a Ez 18,1-20