COMENTARIO
Dos nuevas alegorías, la leona y la vid, sirven de marco para reflejar la catástrofe de Jerusalén. Ambas están en verso usando el ritmo de lamentación (v. 1). Este tipo de composición poética, con cadencia triste, difícil de reflejar en la traducción, se usaba en los ritos fúnebres. David compuso una bella elegía en honor de Saúl y Jonatán (2 S 1,17-27). Aquí es un lamento por Jerusalén, representada en la leona, que ha fracasado con sus dos reyes, sus cachorros: uno fue deportado a Egipto (v. 4), a saber, Joacaz, hijo de Josías, que fue llevado prisionero a Egipto por el faraón Necó II (cfr 2 R 23,32-33); otro fue llevado con cadenas a Babilonia (v. 9), es decir, Yoyaquín (2 R 24,1-17). Los dos reyes sufrieron el mismo castigo porque ambos «hicieron lo malo a los ojos del Señor en todo» (2 R 23,32; 24,9). Recibieron la pena de sus pecados, no la de sus antepasados. Ezequiel llora el destino final de estos reyes y la suerte de Jerusalén.
La imagen de la viña trasplantada y esterilizada (vv. 10-14) es muy querida por Ezequiel (cfr 17,5-10) y apropiada para reflejar la catástrofe de Jerusalén.