COMENTARIO

 Ez 20,33-44 

Frente a la falta de esperanza de los deportados, el Señor renueva su compromiso y anuncia una nueva etapa comparable sólo a la iniciada en Egipto. La historia de Israel, que comenzó con la liberación de la esclavitud de Egipto (20,6), terminará de modo similar: también ahora el Señor sacará a los suyos de entre las naciones «con brazo extendido» (v. 33.34; cfr Ex 6,6), los llevará al desierto (v. 35; cfr Ex 3,18; 4,27), allí entablará querella con ellos (cfr Ex 17,7) y finalmente, como en el Sinaí (cfr Ex 19-24), establecerá con ellos una nueva Alianza (v. 37). Tantas resonancias con los acontecimientos del Éxodo ponen de relieve la fidelidad de Dios que, lejos de aniquilar a su pueblo, lo rehabilitará y renovará de modo definitivo.

Los dones y el progreso anunciados se basan en los dos grandes pilares tan apreciados por Ezequiel: la santidad del Nombre de Dios (vv. 39.40.41) que garantiza la pureza e integridad de los repatriados, y el nuevo culto integrado sólo de ofrendas legítimas (vv. 40-41). La defensa del Nombre de Dios es proverbial en la tradición sacerdotal y, más aún, en el libro de Ezequiel: «A pesar de la Ley santa que le da y le vuelve a dar el Dios Santo (cfr Lv 19,2: “Sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios soy santo”), y aunque el Señor “tuvo respeto a su Nombre” y usó de paciencia, el pueblo se separó del Santo de Israel y “profanó su Nombre entre las naciones” (cfr Ez 20,36). Por eso, los justos de la Antigua Alianza, los pobres que regresaron del exilio y los profetas se sintieron inflamados por la pasión por su Nombre» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2811).

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