COMENTARIO
Continúa el juicio severo del Señor sobre Jerusalén con un bloque de oráculos de condena con las imágenes del fuego y de la espada. Los cuatro primeros comienzan con la misma frase: «Me fue dirigida la palabra del Señor» (vv. 1.6.13.23); el último, que no va dirigido contra Jerusalén, comienza con otra fórmula, «profetiza y di» (v. 33). La conclusión (vv. 35-37) canta la destrucción de la espada, instrumento de muerte que simboliza a Babilonia, como signo de esperanza para los deportados.
El entramado de oráculos muestra con tonos diversos la soberanía del Señor, el único que dirige los movimientos del invasor y el único que podrá salvar a los que han sufrido las estrecheces del asedio. Se pone de manifiesto que Dios busca el bien de los hombres aunque éstos no lo comprendan del todo: «Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios “cara a cara” (1 Co 13,12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cfr Gn 2,2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 314).