COMENTARIO
La espada está ahora en manos del rey de Babilonia que ha de arremeter primero contra Jerusalén y luego contra los amonitas. Nabucodonosor pensaba que sus ataques estaban ordenados por el azar (v. 26), pero era el Señor quien lo dirigía. Los israelitas creían tener mala suerte (v. 28), pero era el Señor quien los castigaba por sus delitos. Resplandece una vez más la soberanía del Señor sobre los avatares de la historia.
El oráculo conserva los tres modos de practicar la adivinación entre los babilonios (v. 26): por las flechas del carcaj, mediante los penates o dioses domésticos, y por el examen del hígado de los animales sacrificados a los ídolos.