COMENTARIO

 Ez 21,33-37 

También a los amonitas les ha llegado su hora (vv. 33-34), y de hecho su ciudad (la actual Amán, capital de Jordania) fue arrasada por Nabucodonosor unos años después de Jerusalén. El castigo de los amonitas era una señal más del cumplimiento de las profecías de Ezequiel; pero, sobre todo, era una señal de esperanza para los deportados.

Las últimas palabras del capítulo (vv. 35-37) reafirman que la espada, es decir, Babilonia, era sólo instrumento en manos de Dios y que será aniquilada más tarde. Dios es el único juez supremo que dicta sentencia contra Judá y Jerusalén, pero también contra Babilonia y contra los demás pueblos paganos, como quedará claro en los oráculos contra las naciones (caps. 25-39).

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