COMENTARIO
Después de la descripción de los delitos y castigos de los dos reinos simbolizados en las dos hermanas pervertidas, Ezequiel enuncia un nuevo veredicto, en esta ocasión más resumido. Es probable que el profeta o alguno de sus discípulos añadiera esta sección después de haber terminado el libro, dado que muchas frases son idénticas a otras del cap. 16; y, por otra parte, hay cambios de persona poco frecuentes en Ezequiel. Comienza hablando de las hermanas–reinos en tercera persona y en plural (vv. 36-40a); sigue en segunda persona y en singular (vv. 40b-41), luego en tercera singular (vv. 42-44), y termina en tercera persona y en plural (v. 45).
Los delitos denunciados son conocidos: adulterio, crimen e idolatría. Se insiste en que son especialmente graves porque se han cometido contra el Señor (v. 38). La descripción de los adornos (vv. 40-42) refleja las costumbres de las cortesanas disolutas, pero, ante todo, muestra que aquellos pecados habían sido pecados cometidos a sabiendas de su gravedad.
El castigo es el marcado por la Ley para las adúlteras: lapidación y muerte (cfr 16,38-40; Dt 22,24). Sin embargo, Ezequiel señala una vez más que la finalidad del castigo es la regeneración —«y sabréis que Yo soy el Señor Dios» (v. 49)—, y reclama a los deportados la actitud de conversión: «Así pues, queriendo que todos los que son objeto de su amor tengan parte en la conversión, lo estableció con su omnipotente voluntad. Por tanto, obedezcamos su magnífico y glorioso designio y caigamos de rodillas suplicando su misericordia y clemencia, y volvamos a sus gracias, dejando a un lado las preocupaciones inútiles, la contienda, y la envidia que conduce a la muerte» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 8,5-9,1).