COMENTARIO
El asedio de Jerusalén es inminente, «hoy mismo» (v. 2), ya no hay lugar para detenerlo, aunque cabe interpretar lo que Dios quiere con él. Ezequiel entona un poema significativo bajo la alegoría de una olla de carne puesta al fuego (vv. 3-14), y explica el sentido de la muerte de su propia esposa, que viene a ser la acción simbólica más sentida de cuantas ha realizado (vv. 15-27).
Pero antes de nada se señala la fecha exacta de este oráculo, correspondiente al cinco de enero de 588 a.C., poco más de dos años después de iniciar los oráculos de juicio y de condena sobre Jerusalén (20,1) y algo más de cuatro después de iniciar su vocación (1,2). Esta datación del asedio coincide con la señalada en 2 R 25,1 y Jr 52,4; pero en Ezequiel tiene especial importancia porque, al cumplirse, corrobora que él es un profeta verdadero y confirma que los anuncios de renovación posterior también se cumplirán.