COMENTARIO
La olla repleta de carne, símbolo de abundancia (cfr 11,3.7), se transforma en este poema–parábola en símbolo de la destrucción total. La mejor carne, la más selecta, designa a los habitantes de Jerusalén que se sentían seguros dentro de la ciudad santa y cometían impunemente todo tipo de infamias (vv. 3-5); pero todos ellos, formando un guiso macabro, serán retostados hasta consumirse (vv. 9-10). En consecuencia, el recipiente, símbolo de la ciudad, mancillado de sangre y de herrumbre (vv. 6-8), necesitará calentarse al rojo vivo para quedar purificado. Las palabras finales (vv. 13-14) desvelan el sentido de la metáfora, por si aún quedaba alguna duda de que el asedio y la destrucción de Jerusalén eran necesarios para purificar la ciudad. La pureza en Ezequiel va más allá de la simple limpieza y hasta de la rectitud moral; tiene mucho que ver, como enseñan el Código de santidad (Lv 17,1-26,46) y la tradición sacerdotal del Pentateuco, con el culto, pues sólo cuando han desaparecido los pecados, y las huellas que dejan, se puede dar culto legítimo al Señor, único Dios. Es fácil por eso aplicar también la imagen al alma, que necesita de la purificación para ser agradable a Dios: «Pues dice el profeta que para que se purifique y deshaga el orín de las afecciones que están en medio del alma, es menester en cierta manera que ella misma se aniquile y deshaga, según está ennaturalizada en estas pasiones e imperfecciones» (S. Juan de la Cruz, Noche oscura del alma 2,6,5).