COMENTARIO
La primera parte del libro termina con la impresionante manifestación de los sentimientos más íntimos del profeta a la muerte de su mujer. Todos aquellos acontecimientos, muerte repentina de la esposa, ausencia de duelo, dolor profundo y silencioso, son la suprema señal de lo que ocurrió con el asedio a Jerusalén. La esposa seguramente era todavía joven, «la delicia de tus ojos» (v. 16; cfr Lm 2,4), y su muerte tuvo que ser repentina. Era símbolo del Templo, orgullo del pueblo, y nadie podía sospechar su destrucción. El duelo se hacía en correspondencia a la dignidad y aprecio del difunto (cfr 2 S 1,2; 3,31; 14,2; 15,30.32), pero hasta los más humildes solían cubrirse el rostro y participar así en los banquetes funerarios, en «el pan de duelo» (v. 17). Sin embargo, ni Ezequiel debía llorar a su esposa, ni los deportados debían dar muestras de tristeza, para significar que aquellas desgracias eran un asunto privado entre Dios y ellos.
La mención del nombre del profeta (v. 24), que no había aparecido desde el título del libro (1,3), da a estos versículos un cierto aire conclusivo. Lo mismo ocurre con los vv. 25-27 que recuerdan que el mismo día de la muerte de su esposa llegará el fugitivo anunciando la destrucción de Jerusalén, y Ezequiel recuperará el habla (cfr 3,25-27 y 33,21-22).