COMENTARIO
El oráculo va dirigido contra el rey de Tiro —el «príncipe», en el lenguaje de Ezequiel—, pero dada la comprensión corporativa, según la cual el dirigente principal se identifica con su pueblo, incluye, como los anteriores, el reino entero de Tiro. Se condena el delito de soberbia, más patente en el rey, quien llegó a creerse una divinidad por su riqueza, sabiduría e influencia sobre los pueblos de alrededor (vv. 2-5). Se dicta una sentencia severa: morirá como cualquier hombre (v. 9), más aún «como un incircunciso a manos de extranjeros» (v. 10). El profeta deja traslucir que el orgullo es un pecado casi tan grave como la idolatría, puesto que la gravedad de todo pecado está en querer ser como dioses. «El pecado se levanta sobre el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses” pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3,5). El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (S. Agustín, De civitate Dei 1.14.28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cfr Flp 2,6-9)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1850).