COMENTARIO

 Ez 29,1-32,32 

Egipto fue el gran imperio que había acogido a las tribus descendientes de Jacob, luego las maltrató y finalmente vio cómo salían liberadas por el poder de Dios. Estas tradiciones del Éxodo son el paradigma de los altibajos que tuvieron los dos pueblos, Israel y Egipto, en sus relaciones. Nunca fueron neutrales entre sí. Israel siempre salía perdiendo cuando pactaban, pero nunca pudo prescindir de entablar algún tipo de alianza. En los años inmediatos a la invasión babilónica, los reyes Joacaz (2 R 23,31-35), Yoyaquim (2 R 23,36-24,7), Yoyaquín (2 R 24,8-17) y Sedecías (2 R 24,18-20) pagaron muy caras sus aproximaciones a Egipto. Tanto Jeremías como Ezequiel desaconsejaron estos tratos de amistad y los interpretaron como traiciones al Señor.

En esta sección Ezequiel recopila siete oráculos contra Egipto, indicando al comienzo de cada uno la fecha de su proclamación: el primero (29,1-16), el año décimo del reinado de Yoyaquín (588); el segundo (29,17-21), el año vigésimo séptimo (571), es decir, es el más tardío de todos; el tercero (30,1-19), el único no fechado, puede datarse con cierta probabilidad a finales del 587 o principios del 586; el cuarto (30,20-26), el año undécimo (587); el quinto (31,1-18), dos meses más tarde; el sexto (32,1-16), el año duodécimo (586) y, por último, el séptimo (32,17-32), quince días después del anterior. El número siete indica totalidad y da a entender que la sentencia del Señor es definitiva. Todos los oráculos son de los primeros años del destierro, excepto el segundo (29,17-21), que hay que datar dieciséis años más tarde y que merece especial atención por explicar la caída de Egipto.

En el estilo recargado y barroco de todo el libro, el profeta enfatiza que, en la caída del coloso Egipto, Babilonia y su rey Nabucodonosor son instrumentos dóciles en manos del Señor, que es quien maneja los hilos de la historia y fija el día exacto de esplendor o de ruina. Especialmente en el oráculo más tardío (29,17-21), el profeta sale al paso de una acusación grave: había anunciado la caída de Tiro (26,3-14) y, en realidad, sólo se ha conseguido su sumisión a Babilonia. ¿Se ha equivocado el profeta, o ha fracasado el Señor que no ha conseguido su propósito? La respuesta supera la objeción: Tiro sufrió una severa sanción y perdió su grandeza y su identidad; y Egipto fue absorbido por Babilonia. En la explicación de estos hechos el profeta señala que el Señor ha premiado a Nabucodonosor con el país de Egipto por los riesgos que ha corrido en las batallas contra Tiro. Por tanto, lejos de fracasar en el castigo a cada pueblo, queda claro que el Señor dirige de tal manera la historia que su poder y su benevolencia resplandecen siempre.

Por último, y quizá es la enseñanza más relevante, Ezequiel fomenta entre los deportados la confianza exclusiva en el Señor, que terminará restableciendo a Israel y también a Egipto, el enemigo ancestral (29,13-16).

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