COMENTARIO

 Ez 31,1-18 

El cedro, de gran altura, con ramas extendidas que dan densa sombra, de madera muy apreciada en la construcción de edificios, mástiles, cofres e instrumentos musicales, era muy abundante en el Líbano. El cedro con el que se compara al faraón es extraordinario, y supera a los conocidos en el mundo natural. Si se enfatizan sus cualidades es para subrayar el estrepitoso fracaso de la caída: la soberbia del faraón y su humillación fueron paradigma de su exaltación y castigo merecido. La descripción poética del cedro (vv. 3-9) introduce el juicio divino de Egipto y de su faraón (vv. 10-14), y la repercusión que su destrucción tuvo en las naciones de alrededor (vv. 15-18). La soberbia y el orgullo son denunciados, una vez más, como los pecados más graves que Dios siempre castiga, como recordará en el Nuevo Testamento el canto del Magnificat: «Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes» (Lc 1,51-52).

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