COMENTARIO
Tras la destrucción de Jerusalén el año 587, Ezequiel cambia el tono de sus oráculos: no volverán a ser conminatorios en toda la tercera parte de su libro. A partir de ahora sólo hablará de esperanza, de renovación, de la vida que el Señor infunde al pueblo y a cada uno de sus miembros. Incluso literariamente queda reflejada la novedad de esta segunda etapa de su ministerio profético. A modo de introducción se repite la misión del profeta como centinela y portavoz de Dios (cap. 33); a continuación se reúnen los oráculos que hablan de purificar al pueblo y sus instituciones (caps. 34-36), y finalmente los que anuncian la revitalización del pueblo (cap. 37), incluso a través de una batalla escatológica contra los poderes del mal (caps. 38-39).
Una vez que se ha comprobado el cumplimiento de los oráculos más nefastos, Ezequiel tiene autoridad para asegurar los frutos de la misericordia divina. Se han desvanecido el orgullo patriótico y la falsa seguridad en el Templo; ahora hay que robustecer la confianza en el Señor que nunca ha abandonado a los suyos. La enseñanza sobre la misericordia divina vale para aquellos hombres y vale también para nosotros: «Fíe de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer, y no se acuerda de nuestra ingratitud, cuando nosotros, conociéndonos, queremos tornar a su amistad, ni de las mercedes que nos ha hecho para castigarnos por ellas; antes ayudan a perdonarnos más presto, como a gente que ya era de su casa y ha comido, como dicen, de su pan. Acuérdense de sus palabras (Ez 33,11) y miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle, que Su Majestad dejó de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir» (S. Teresa de Jesús, Vida 19,15).