COMENTARIO
La imagen del pastor para referirse a los dirigentes sociales y a los dioses aparece en algunos escritos sumerios y egipcios. En la Biblia se aplica con frecuencia a los reyes (1 R 22,17), quizá a raíz de David, pastor de ovejas (1 S 17,34; Sal 78,70-72), y también al Señor (Sal 23,1-6; 80,2-3). Los profetas, en especial Jeremías, acuden a la imagen del pastor cuando hablan de los que rigen, sean reyes o sacerdotes (cfr Jr 2,8; 10,21; 25,34-36; Za 11,4-17). En este primer discurso a los deportados, Ezequiel habla de los malos pastores, es decir, de los malos dirigentes que llevaron al pueblo al desastre del destierro (vv. 1-10) y, en contraste, del Señor, Pastor supremo que asume la responsabilidad de regir personalmente a su pueblo sin intermediarios (vv. 11-22), y del nuevo dirigente–mesías que Dios mismo pondrá al frente de los suyos: será el nuevo pastor, David, que conducirá al rebaño a los mejores pastos (vv. 23-31).
Jesús retomará esta imagen como muy adecuada para expresar su función mesiánica y salvadora (Jn 10,1-18), y su cometido de Juez supremo y escatológico (cfr Mt 25,31-46). Pero el Señor no sólo lo afirmó con sus palabras, también los hizo con sus gestos. Cuando en la multiplicación de los panes (cfr Mc 6,33-44 y par.), Jesús reúne a los que le seguían porque estaban «como ovejas que no tienen pastor» (Mc 6,34; cfr Ez 34,5), y les alimenta con el pan y con la palabra de su enseñanza, está actualizando esta profecía de Ezequiel, en la que se prometía un nuevo rey, un verdadero pastor, y una Nueva Alianza. Él es, pues, el pastor que congrega a todos los hombres para llevarlos a la salvación: «Él es quien, sin excluir a ningún pueblo, ha reunido en una sola grey las santas ovejas de todas las naciones que hay bajo el cielo, realizando cada día lo que prometió cuando dijo: Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (S. León Magno, Sermones 63,7). Y como enseña San Juan Pablo II: «La imagen de Jesucristo, Pastor de la Iglesia, su grey, vuelve a proponer, con matices nuevos y más sugestivos, los mismos contenidos de la imagen de Jesucristo, Cabeza y Siervo. Verificándose el anuncio profético del Mesías Salvador, cantado gozosamente por el salmista y por el profeta Ezequiel, Jesús se presenta a sí mismo como “el buen Pastor”, no sólo de Israel, sino de todos los hombres. Y su vida es una manifestación ininterrumpida, es más, una realización diaria de su “caridad pastoral”» (Pastores dabo vobis, n. 22).