COMENTARIO
Como es habitual en los oráculos de condena, primero se denuncian los delitos (vv. 2-6) y luego se formula la sentencia, introducida con el habitual «por eso» (vv. 7-10). Los dirigentes del pueblo (cfr 22,23-31), a saber, príncipes, sacerdotes, ancianos y profetas a sueldo han cometido los delitos de explotar a los súbditos y aprovecharse de ellos. Estas palabras deben ser una llamada al examen de conciencia y un continuo acicate para todos aquellos que ocupan un puesto de responsabilidad en las comunidades cristianas: «En la Iglesia de Dios, el tesón constante por ser siempre más leales a la doctrina de Cristo, es obligación de todos. Nadie está exento. Si los pastores no luchasen personalmente para adquirir finura de conciencia, respeto fiel al dogma y a la moral —que constituyen el depósito de la fe y el patrimonio común—, cobrarían realidad las proféticas palabras de Ezequiel: Hijo del hombre, profetiza contra los pastores de Israel. Profetiza, diciéndoles: así habla el Señor Yavé: ¡ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! (…). Son reprensiones fuertes, pero más grave es la ofensa que se hace a Dios cuando, habiendo recibido el encargo de velar por el bien espiritual de todos, se maltrata a las almas, privándoles del agua limpia del Bautismo, que regenera al alma; del aceite balsámico de la Confirmación, que la fortalece; del tribunal que perdona, del alimento que da la vida eterna» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 81).