COMENTARIO

 Ez 37,15-27 

El fruto más notable de la purificación del pueblo será la unidad. Con la acción simbólica de las dos tablillas, muestra Ezequiel que es Dios mismo quien llevará a cabo la unificación de la tribus que habían formado el reino del Sur, Judá, con las del norte, José-Efraím (v. 16); realizará una unificación tan eficaz, que no volverá a romperse, como había ocurrido tras el reinado de Salomón (cfr 1 R 12,20-33). Esta unidad es también figura de la unidad exigida por Jesucristo para el nuevo pueblo de Dios (cfr Jn 17,21), esencial para cumplir el proyecto de salvación de los hombres, «invitados a la unidad católica que prefigura y promueve la paz universal. A esta unidad pertenecen de diversas maneras o a ella están destinados los católicos, los demás cristianos e incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 13).

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