COMENTARIO
La descripción del nuevo Templo es tan minuciosa que resulta difícil de seguir. Sin embargo transmite el convencimiento de que se trata de una edificación perfecta como corresponde a la morada del Dios Altísimo.
«El año vigesimoquinto» (v. 1), es decir, el año 573 a.C., probablemente en abril, cuando comenzaba el año. Es posible que el profeta pretenda un momento religiosamente importante al señalar que la visión tuvo lugar cuando había transcurrido la mitad del periodo jubilar, que según Lv 25,10 debería marcar «la liberación de la tierra».
«En una visión divina» (v. 2). Así comienzan las visiones trascendentales del profeta (cfr 1,2; 8,3), aunque en el desarrollo de esta última tengan menos importancia las personas o las acciones y se recurra sobre todo a descripciones, con medidas y planos exactos. Sin embargo, por ser una visión profética, no cabe buscar una coincidencia ni con el antiguo Templo de Salomón ni con el reconstruido por Zorobabel (cfr Esd 5,24-6,18). Todos los datos son simbólicos y reflejan un Templo idealizado.
«Me colocó sobre un monte muy alto» (v. 2), el monte Sión, donde había de estar colocado el Templo. En realidad no es tan alto, pero Ezequiel no lo presenta en sus dimensiones geográficas sino en su simbolismo teológico, como había hecho ya Isaías: «El monte del Templo del Señor se afirmará en la cumbre de los montes» (Is 2,2).
«El hombre tenía en su mano una caña de medir de seis codos antiguos» (v. 5). Expresión oscura si se pretende una medida exacta; de hecho, cuando algunas traducciones intentan trasladar las dimensiones al sistema métrico actual, encuentran muchas dificultades. En el texto se han mantenido los nombres de codos, palmos, etc., para no perturbar el carácter simbólico de la descripción. Ezequiel, con apariencia de exactitud, describe un Templo idealizado: una enorme explanada amurallada cuadrada (vv. 1-27); en su centro, un espacio también cuadrado y amurallado, unas diez veces más pequeño (vv. 28-47). En la parte occidental de este espacio está el Templo propiamente dicho, rectangular (40,48-41,26). Dentro del Templo hay un atrio, el santuario y el «Santo de los Santos». En cada uno de los recintos amurallados o edificados las puertas tienen gran importancia en su disposición, en su construcción sólida y en su ornamentación. Las dimensiones de cada estancia y de cada sala son detalladas, pero cargadas de simbolismo; prolifera el número de siete escalones para subir de un piso a otro, y el de diez para acceder al Templo. Estos capítulos se prestan a una interpretación alegórica. San Gregorio Magno, que en sus Homilías sobre Ezequiel expresa sus intuiciones más brillantes sobre la interpretación de la Sagrada Escritura, ve en esta caña de medir una figura de las letras sagradas: «La caña es una caña de medir, porque en la palabra sagrada, consignada por escrito para nosotros, reconocemos sus designios ocultos» (Homiliae in Ezechielem prophetam 2,1,11).
El conjunto descrito viene a ser una edificación simétrica en tres estrados, perfectamente ensamblados, que transmiten la sensación de algo perfecto y bien terminado. Es como el edificio más sublime que puede pensarse, puesto que ha de albergar al único y verdadero Señor del universo.