COMENTARIO

 Ez 40,48-41,26 

El Templo propiamente dicho también está idealizado, pero consta de los tres elementos esenciales: el atrio o vestíbulo (40,48-49), la sala grande o Santuario (41,1-2) y el Santo de los Santos (41,3-4). El atrio, ulam en hebreo, era más bien pequeño, pero flanqueado de pilastras o columnas cuadradas. Junto a la puerta de entrada había dos columnas redondas imitando las de bronce del Templo de Salomón (cfr 1 R 7,31-41). El Santuario, hekal en hebreo, era una nave amplia rectangular denominada también «el Santo», qodes en hebreo; era la parte sagrada a la que sólo tenían acceso los sacerdotes; allí estaba la mesa de los panes y el altar del incienso. El «Santo de los Santos», llamado también debir, era un recinto cuadrado donde se guardaba el Arca de la Alianza. Allí sólo entraba el sumo sacerdote una vez al año, el día de la expiación (cfr Lv 16,2); Ezequiel, que era simple sacerdote, no entra, pero escucha por primera vez las palabras del guía que le indican el lugar: «Esto es el Santo de los Santos» (v. 4). La sobriedad de la descripción de estas tres estancias indica que eran bien conocidas por los oyentes del profeta por ser las más sagradas del Templo. En la renovación conservaron las medidas exactas como señal de su prestancia en el conjunto de la edificación.

La descripción y dimensiones de los muros del Templo y de las dependencias anejas (41,5-16) simbolizan la grandiosidad de las edificaciones en las que no debería faltar de nada. El profeta se detiene en la decoración y mobiliario de las estancias interiores, especialmente del santuario (41,17-26). Destaca el mueble de madera con apariencia de un altar (41,22-23): todos los elementos de la visión están idealizados.

En el segundo volumen de sus Homilías sobre Ezequiel, San Gregorio Magno desarrolla la descripción del Templo como una imagen de la Iglesia. La Iglesia es una y universal —«católica»— como hay una sola y muchas estancias (2,3,12), están en ella los Padres del Antiguo y del Nuevo Testamento (2,3,16), y, sobre todo, «vive de dos maneras: una en el tiempo, la otra en la eternidad; una penando en la tierra, y la otra recompensada en el cielo; una amasa los méritos, la otra disfruta de ellos. En las dos se ofrece un sacrificio: en la de aquí abajo, el sacrificio de la compunción, y en la de arriba, el de alabanza (…). Pero, aquí abajo, la carne será ofrecida como un holocausto de modo que, transformada en una eterna incorruptibilidad, no habrá ya nada ni nadie que diga “no”, nada que tenga que morir, y encendida por el amor de Dios, perseverará eternamente en la alabanza» (Homiliae in Ezechielem prophetam 2,10,4).

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