COMENTARIO

 Ez 43,13-27 

El altar de los sacrificios era uno de los elementos más importantes del Templo. Tenía forma piramidal y constaba de tres cuerpos superpuestos, más grande el de la base y más pequeño el último: reflejaba, en pequeño, las torres babilónicas o zigurats, que seguramente habían asombrado a los deportados.

«El hogar del altar» (v. 15). El término hebreo ari’el significa lugar donde se quema algo, en este caso, «el ara» donde se quemaban los holocaustos y donde se significaba que el hombre entra en contacto con Dios. El profeta Isaías aplica este nombre a Jerusalén (Is 29,1-4) aunque lo entiende, según otra etimología, como «león de Dios».

Los ritos prescritos aquí para la consagración del altar (vv. 18-27) no coinciden del todo con los del Éxodo (Ex 29,35-37) o los del Levítico (Lv 8,10-15). Ezequiel pretende señalar, por encima de las normas rituales concretas, el respeto que merece el culto divino y todo lo relacionado con él. De ahí la insistencia en la expiación, la purificación y la consagración (v. 26). También la liturgia de la Iglesia consta de múltiples ritos externos, pero no son lo esencial, puesto que a través de ellos manifiesta «el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia (…), de modo que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación, y lo presente a la ciudad eterna que buscamos» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 2).

Volver a Ez 43,13-27