COMENTARIO

 Ez 44,15-31 

Los sacerdotes encargados de los sacrificios y de estar, por tanto, cerca de Dios han de vivir escrupulosamente las normas referentes al vestido (vv. 17-19), a su porte externo, limpio y sobrio, (vv. 20-21) y a su matrimonio (v. 22). Serán especialmente delicados en relación con los cadáveres para no contraer impureza (vv. 25-27). Además de ofrecer sacrificios, estaban encargados de la enseñanza religiosa (v. 23) y de dirimir los pleitos (v. 24). Su subsistencia dependía exclusivamente de su servicio en el Templo (vv. 28-31), y no podían dedicarse a actividades lucrativas, mostrando la distancia entre lo profano y lo sagrado.

En la enseñanza de Ezequiel era poco cualquier esfuerzo para preservar de impurezas el culto, el Templo y todo lo referente al ritual de los sacrificios. De esta forma ponía de manifiesto la grandeza de Dios, su trascendencia y su santidad. Los escritores cristianos vieron en estas enseñanzas una pedagogía divina para conocer verdaderamente el ser de Dios: «Así pues, daba al pueblo leyes relativas a la construcción del tabernáculo, a la edificación del templo, a la designación de los levitas, a los sacrificios y ofrendas, a las purificaciones y a todo lo demás del servicio del culto. Dios no tenía necesidad alguna de todo eso (…). Pero así educaba a un pueblo siempre propenso a tornar a los ídolos, disponiéndolo, a través de numerosas prescripciones, a perseverar en el servicio de Dios; por medio de las cosas secundarias lo llamaba a las principales, es decir: por las figuras, a la verdad; por lo temporal, a lo eterno; por lo carnal, a lo espiritual; por lo terreno, a lo celeste» (S. Ireneo, Adversus haereses 4,14,3).

Volver a Ez 44,15-31