COMENTARIO

 Ez 45,9-17 

El príncipe, es decir, el dirigente del pueblo, puesto que con el destierro ha desaparecido la monarquía, conserva prerrogativas reales, y tiene la misión de ejercer la justicia y el derecho (cfr Sal 72,1-2), pero su comportamiento ha de ser correcto, sin defraudar a los súbditos falsificando medidas y pesos (vv. 9-12). También debe ser ejemplar en el culto, aportando con generosidad las víctimas que le corresponden por su jerarquía.

La renovación afecta de forma directa a los que habían de dirigir al pueblo, que deberán poner especial esmero en el derecho y la justicia (v. 9). «Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1897).

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