COMENTARIO
Las posesiones del príncipe (vv. 16-18) no pueden cambiar de mano. En realidad tampoco las posesiones de los particulares, puesto que cada cincuenta años, al celebrarse el «año de la remisión» (v. 17) o año jubilar (cfr Lv 25,1-22), todo debía volver al dueño originario. La certeza de que la tierra es donación divina evita el peligro de avaricia, estimula el trabajo para cultivarla y el respeto de los seres creados. La descripción de las cocinas del Templo (vv. 19-24), separadas del resto de las dependencias, reafirma la delicadeza para que ni siquiera la necesaria manipulación de las víctimas causara alguna impureza ritual (v. 20).