COMENTARIO

 Ez 47,1-12 

La visión del torrente que mana de la fachada sur del Templo y llega hasta el Mar Muerto, revitalizando todo lo que encuentra a su paso, es una de las más expresivas del libro. Por su contenido recuerda la visión de los huesos revitalizados (37,1-14): allí era el espíritu lo que daba vida a los huesos secos, aquí es el agua la que da fertilidad a las aguas muertas. La imagen del río recuerda el relato del paraíso (Gn 2,10-14): allí eran cuatro brazos que adornan todo el jardín, aquí uno solo que más que adornar da vida. Aunque la visión contiene datos geográficos exactos, como la alusión al oasis de En-Guedí (v. 10), al Mar Muerto, o a la Arabá, toda ella tiene carácter simbólico y muestra cómo la renovación del Templo y del culto aportará toda clase de bienes al pueblo entero.

En el Nuevo Testamento hay un eco de esta visión en las palabras de Jesús que recoge San Juan: «Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotaran ríos de agua viva» (Jn 7,37). Los Santos Padres unen este texto de San Juan con la visión de Ezequiel y ven en el manantial del Templo las aguas del bautismo, que brotan de Cristo que es la vida, o del costado de Cristo en el ara de la Cruz: «Esto significa que nosotros bajamos al agua repletos de pecados e impureza y subimos cargados de frutos en nuestro corazón, llevando en nuestro espíritu el temor y la esperanza de Jesús» (Epistula Barnabae 11,10).

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