COMENTARIO

 Ez 48,1-29 

La reorganización de las tribus también está idealizada. Todas reciben la misma extensión y ocupan su territorio según un orden jerárquico: el país estará dividido en tres grandes franjas horizontales. La del norte la ocuparán siete tribus, de forma que la de Judá sea la más próxima al recinto sagrado. La franja intermedia estará dedicada a los levitas y sacerdotes y a la ciudad que se extenderá a uno y otro lado del Templo, que ocupará el cuadrado central (cfr 45,1-7); y también habrá sitio para el príncipe y su familia. La franja más meridional la ocuparán las cinco tribus restantes, de modo que la de Benjamín, el hijo predilecto de Jacob, ocupe la zona más próxima al Templo.

Ezequiel muestra con esta distribución que el lugar más importante de la tierra prometida es el Templo, receptáculo y morada de la gloria de Dios. A su lado, además del espacio dedicado a todos los habitantes —la ciudad—, vivirán los escogidos para regir al pueblo y dar culto a Dios: sacerdotes y levitas, y el príncipe. A continuación, a un lado y a otro, las tribus escogidas por Dios, Judá al norte y Benjamín al sur. Y luego, todas las demás.

Algunos Santos Padres han explicado esta ordenación de la tierra santa idealizada como símbolo del establecimiento del reino mesiánico, que implantará un orden perfecto en el que todos los hombres reconocerán y alabarán al verdadero Dios, centro de la creación y de la historia. Pero para ello es necesario apartarse del mal: «Así pues, ya que somos una porción santa, hagamos todo lo que es propio de la santidad, huyendo de la calumnia, de la unión infame e impura, de las embriagueces, de las revueltas y los deseos repugnantes, del adulterio abominable y de la soberbia repugnante» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 30,1).

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