COMENTARIO
Los sueños se consideraban en la antigüedad un medio de premoniciones divinas. El pasaje hace recordar los sueños interpretados por José al faraón de Egipto (cfr Gn 41,1-36). Daniel aparece superior a José, pues no sólo interpreta el sueño sino que lo conoce por revelación divina, algo que, de otra forma, era imposible saber, tal como afirmaban los caldeos (2,10-11). El término «caldeos» se encuentra junto a otros que designan a los profesionales de la adivinación —magos, astrólogos, adivinos— y como sinónimo de éstos. Quizá se debe a que, fuera de Babilonia, eran denominadas así personas que, procedentes de Mesopotamia, iban de una parte a otra ganándose la vida como adivinos o astrólogos. Ese arte estaba muy unido en su origen a aquella región. El reconocimiento por parte de aquellos magos de que sólo los dioses podrían descubrir aquel secreto (v. 11) da ya, de forma anticipada, la clave de lo que va a suceder. Es en definitiva un reconocimiento de los límites de la capacidad humana, pues «la razón es capaz de descubrir dónde está el final de su camino» (S. Juan Pablo II, Fides et ratio, n. 42).