1Dn1El año tercero del reinado de Yoyaquim, rey de Judá, Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó a Jerusalén y la sitió. 2El Señor puso en sus manos a Yoyaquim, rey de Judá, y parte de los objetos del Templo. Nabucodonosor los llevó a Sinar, al templo de su dios, y depositó los objetos en la cámara del tesoro de su dios. 3El rey ordenó a Aspenaz, capitán de sus guardias, traer a algunos israelitas de estirpe real y de familias nobles, 4jóvenes que no tuviesen ningún defecto físico, de buen parecer, instruidos en toda clase de sabiduría, prudentes e inteligentes, que fuesen aptos para vivir en el palacio real, y que se les enseñase la escritura y la lengua de los caldeos. 5El rey les asignó una ración diaria de la comida real y del vino que él bebía, para que fueran educados durante tres años y después estuvieran al servicio del rey. 6Entre ellos había algunos judíos: Daniel, Ananías, Misael y Azarías. 7El capitán de la guardia les puso otros nombres: a Daniel le llamó Baltasar; a Ananías, Sadrac; a Misael, Mesac; y a Azarías, Abed–Negó.
8Daniel se propuso en su corazón que no se iba a contaminar con la comida del rey ni con el vino que bebía, y pidió al capitán de los guardias no contaminarse. 9Dios concedió a Daniel gracia y misericordia ante el capitán de los guardias. 10El capitán de los guardias le dijo a Daniel:
—Tengo miedo a mi señor, el rey, que ha asignado su comida y su bebida, porque, si ve sus rostros más macilentos que los de los jóvenes de su edad, ponen en peligro mi cabeza delante del rey.
11Daniel le propuso al encargado que el capitán de los guardias había designado para Daniel, Ananías, Misael y Azarías:
12—Por favor, pon a prueba a tus siervos durante diez días y que nos den legumbres para comer y agua para beber. 13Que después examinen ante ti nuestro aspecto y el de los jóvenes que comen de la comida real, y según lo que veas actúa con tus siervos.
14Él les aceptó esta propuesta y los puso a prueba durante diez días. 15Al cabo de diez días ellos presentaban mejor aspecto y estaban más robustos que todos los jóvenes que comían la comida real. 16Entonces el encargado se llevaba la comida y el vino que habían de beber, y les daba legumbres.
17A aquellos cuatro jóvenes Dios les concedió inteligencia, comprensión de cualquier escritura y sabiduría; y Daniel entendía todas las visiones y sueños. 18Pasados los días que había fijado el rey para que se los presentaran, el capitán de los guardias los llevó ante Nabucodonosor. 19El rey habló con ellos y, de entre todos, no se encontró ninguno como Daniel, Ananías, Misael y Azarías, por lo que quedaron al servicio del rey. 20En cuantos asuntos de sabiduría e inteligencia les consultó el rey, los encontró diez veces superiores a todos los magos y adivinos que había en su reino. 21Y Daniel estuvo allí hasta el año primero del rey Ciro.
2Dn1El año segundo del reinado de Nabucodonosor, éste tuvo unos sueños; se llenó de preocupación y se desveló. 2El rey mandó llamar a los magos, astrólogos, adivinos y caldeos para que explicaran al rey sus sueños. Ellos vinieron y se presentaron ante el rey. 3Él les dijo:
—He tenido un sueño y estoy preocupado por conocer la interpretación de ese sueño.
4Los caldeos dijeron al monarca en arameo:
—¡Viva el rey por los siglos! Cuenta el sueño a tus siervos y averiguaremos la interpretación.
5Respondió el rey y dijo a los caldeos:
—Mi veredicto es firme. Si no me declaran el sueño y su interpretación, serán descuartizados y sus casas serán convertidas en ruinas. 6Pero si averiguan el sueño y su interpretación recibirán de mi parte regalos, premios y grandes honores. Por tanto averígüenme el sueño y su interpretación.
7Respondieron por segunda vez:
—Que el rey diga el sueño a sus siervos y averiguaremos su interpretación.
8Contestó el rey y dijo:
—Verdaderamente me doy cuenta de que ustedes están ganando tiempo, puesto que, como saben que mi veredicto es firme 9—que si no me declaran el sueño una sola es su sentencia—, se pondrán de acuerdo para pronunciar ante mí palabras falsas y falaces a medida que cambien los tiempos. Por tanto díganme el sueño y sabré que me averiguan su interpretación.
10Los caldeos contestaron al rey diciendo:
—No hay hombre sobre la tierra que pueda averiguar la palabra del rey, por lo que ningún rey, por muy poderoso que haya sido, pidió una cosa como ésta a ningún mago, astrólogo o caldeo. 11La pregunta que hace el rey es difícil y no hay ningún otro que la averigüe al rey, sino los dioses, cuya morada no está con los mortales.
12Ante esto el rey se encolerizó y se enfureció muchísimo, y mandó matar a todos los sabios de Babilonia.
13Se publicó el decreto de que fueran ejecutados los sabios y buscaron a Daniel y sus compañeros para matarlos. 14Entonces Daniel se dirigió con sabiduría y prudencia a Arioc, capitán de la guardia del rey, que había salido a matar a los sabios de Babilonia, 15y le preguntó a Arioc, delegado del rey, diciendo:
—¿Por qué un decreto tan cruel de parte del rey?
Entonces Arioc informó del asunto a Daniel. 16Daniel fue y pidió al rey que le concediera un tiempo a fin de averiguar la interpretación para el rey. 17Después Daniel marchó a su casa e informó del asunto a sus compañeros, Ananías, Misael y Azarías, 18para que implorasen misericordia ante el Dios del cielo acerca de aquel secreto con el fin de que no pereciesen Daniel y sus compañeros con el resto de los sabios de Babilonia. 19Entonces, en una visión nocturna, se le reveló el secreto a Daniel, y Daniel bendijo al Dios de los cielos. 20Comenzó a decir:
21—Él hace cambiar los tiempos y las estaciones,
24Después de esto, Daniel fue hasta Arioc, a quien el rey había designado para dar muerte a los sabios de Babilonia, se acercó y le habló así:
—No mates a los sabios de Babilonia; llévame ante el rey y explicaré la interpretación al rey.
25Entonces Arioc, dándose mucha prisa, introdujo a Daniel ante el rey y le habló de este modo:
—He encontrado a un hombre de los deportados de Judá que dará a conocer al rey la interpretación.
26Habló el rey y preguntó a Daniel, cuyo nombre era Baltasar:
—¿De modo que tú eres capaz de darme a conocer el sueño que he visto y su interpretación?
27En presencia del rey, Daniel contestó:
—El secreto que pregunta su majestad no lo pueden averiguar para el rey ni sabios, ni astrólogos, ni magos, ni hechiceros; 28pero hay un Dios en el cielo que revela los secretos y da a conocer al rey Nabucodonosor lo que sucederá al final de los tiempos. Éstos son el sueño y las visiones de tu cabeza estando en tu lecho:
29—Estando tú, majestad, en tu lecho, tus pensamientos recayeron sobre lo que iba a suceder en el futuro, y el que revela los secretos te dio a conocer lo que va a suceder. 30En cuanto a mí, no es porque yo tenga una sabiduría superior a la de todos los vivientes por lo que se me reveló este secreto, sino con objeto de que alguien explique la interpretación al rey, y así puedas entender lo que pensabas. 31Tú, oh rey, estabas mirando y apareció una gran estatua. Era una estatua enorme; su brillo extraordinario resplandecía ante ti, y su aspecto era terrible. 32Aquella estatua tenía la cabeza de oro fino, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, 33las piernas de hierro, y los pies parte de hierro y parte de barro. 34Seguías mirando hasta que una piedra se desprendió sin intervención de mano alguna, golpeó la estatua sobre los pies de hierro y de barro, y los hizo pedazos. 35Entonces se hicieron pedazos a la vez el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro, y fueron como el tamo de una era en verano; el viento se los llevó y desaparecieron sin dejar rastro. Y la piedra que golpeó la estatua se convirtió en una montaña y llenó toda la tierra.
36Éste es el sueño: su interpretación la vamos a exponer al rey. 37Tú, majestad, eres el rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha entregado el reino, el poder, la fuerza y la gloria, 38y en cuyas manos ha puesto todo lugar donde habitan los hombres, las bestias del campo y las aves del cielo; tu dominio se extiende sobre todos ellos. Tú eres la cabeza de oro. 39En tu lugar se establecerá después otro reino inferior a ti; y luego otro tercer reino de bronce, que dominará toda la tierra. 40Habrá después un cuarto reino, fuerte como el hierro; y lo mismo que el hierro rompe y machaca todo, como hierro demoledor él romperá y triturará a todos ellos.
41Los pies y los dedos que viste, parte de barro de alfarero y parte de hierro, serán un reino dividido, pero que tendrá la fuerza del hierro, porque viste hierro mezclado con barro de arcilla. 42Como los dedos de los pies, parte de hierro y parte de barro, parte del reino será fuerte y parte será débil. 43Como viste el hierro mezclado con barro de arcilla, así se mezclarán ellos mediante descendencia humana, pero no llegarán a unirse el uno con el otro, lo mismo que el hierro no se fusiona con el barro. 44En los días de esos reyes el Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido, y ese reino no pasará a otro pueblo; destruirá y acabará con todos los demás reinos, y él permanecerá por siempre. 45Tal como viste que de la montaña se desprendió una piedra sin intervención humana, y que destrozó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro, así el Gran Dios da a conocer al rey lo que sucederá después de esto. El sueño es verdadero y la interpretación cierta.
46Entonces el rey Nabucodonosor cayó rostro en tierra, adoró ante Daniel y mandó que le ofrecieran oblaciones e incienso. 47El rey se dirigió a Daniel y le dijo:
—Verdaderamente su Dios es Dios de dioses y Señor de reyes, el que revela los secretos, pues tú fuiste capaz de desvelar este secreto.
48Y el rey engrandeció a Daniel, le dio muchos y espléndidos regalos y le hizo gobernador de toda la provincia de Babilonia y jefe supremo de todos los sabios de Babilonia. 49Daniel lo solicitó al rey y éste puso en la administración de la provincia de Babilonia a Sadrac, Mesac y Abed–Negó, mientras que Daniel permaneció en la corte del rey.
3Dn1El rey Nabucodonosor fabricó una estatua de oro de sesenta codos de alta y seis codos de ancha, y la colocó en la llanura de Dura, en la provincia de Babilonia. 2Y el rey Nabucodonosor mandó reunir a los sátrapas, ministros, prefectos, consejeros, tesoreros, letrados, magistrados y todos los gobernadores de provincia para que acudiesen a la inauguración de la estatua que había erigido el rey Nabucodonosor. 3Entonces se reunieron los sátrapas, ministros, prefectos, consejeros, tesoreros, letrados, magistrados y todos los gobernadores de provincia para la inauguración de la estatua que había erigido el rey Nabucodonosor, y permanecieron en pie ante la estatua erigida por Nabucodonosor. 4El heraldo gritó con fuerza:
—A ustedes, pueblos, naciones y lenguas, se les ordena: 5en el momento en que oigan tocar el cuerno, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y toda clase de instrumentos, se postrarán y adorarán la estatua de oro que ha erigido el rey Nabucodonosor. 6Quien no se postre y adore será inmediatamente arrojado al horno encendido.
7Según esto, en el momento en que todos los pueblos oyeron el sonido del cuerno, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y toda clase de instrumentos, todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y adoraron la estatua de oro erigida por el rey Nabucodonosor.
8En aquel tiempo unos hombres caldeos fueron y se confabularon para denunciar a los judíos. 9Dijeron al rey Nabucodonosor:
—¡Viva el rey por los siglos! 10Tú, majestad, has promulgado el decreto de que todo el que escuche el sonido del cuerno, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y toda clase de instrumentos, se postre y adore la estatua de oro, 11y el que no se postre y adore sea arrojado a un horno encendido. 12Hay unos hombres judíos a los que pusiste en la administración de la provincia de Babilonia, Sadrac, Mesac y Abed–Negó, y estos hombres no obedecen el decreto real, ni sirven a tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has erigido.
13Entonces Nabucodonosor, encolerizado y furioso, mandó traer a Sadrac, a Mesac y a Abed–Negó, y enseguida aquellos hombres fueron llevados ante el rey. 14Habló Nabucodonosor y les preguntó:
—¿Es cierto, Sadrac, Mesac y Abed–Negó, que ustedes no sirven a mis dioses ni adoran la estatua de oro que he erigido? 15Ahora, si están dispuestos, en el momento en que oigan el sonido del cuerno, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y toda clase de instrumentos, se postrarán y adorarán la estatua que he hecho, pero, si no la adoran, serán inmediatamente arrojados al horno encendido, y ¿qué dios será el que los libre de mis manos?
16Sadrac, Mesac y Abed–Negó contestaron al rey Nabucodonosor diciendo:
—Nosotros no necesitamos darte respuesta sobre esto. 17Si existe nuestro Dios, al que adoramos, Él puede librarnos del horno encendido, y Él nos librará, oh rey, de tus manos. 18Y si no lo hiciera, que te conste, majestad, que nosotros ni servimos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido.
19Entonces Nabucodonosor llenándose de rabia y cambiando el aspecto de su rostro contra Sadrac, Mesac y Abed–Negó, ordenó encender el horno siete veces por encima de lo que era costumbre encenderlo, 20y mandó a los más fuertes de los soldados de su ejército que ataran a Sadrac, Mesac y Abed–Negó para arrojarlos al horno encendido. 21Así aquellos hombres, atados con sus sayales, camisas, gorros y demás ropa, fueron arrojados al horno encendido. 22Y como la orden del rey era apremiante, y el horno estaba ardiendo al máximo, la llama del fuego mató a aquellos hombres que conducían a Sadrac, Mesac y Abed–Negó, 23mientras que los tres, Sadrac, Mesac y Abed–Negó, caían atados dentro del horno encendido.
24Caminaban en medio de las llamas alabando a Dios y bendiciendo al Señor. 25Azarías, puesto así en pie, oró; comenzó a hablar en medio del fuego y dijo:
46Los criados del rey que los habían arrojado dentro no paraban de avivar el horno con nafta, pez, estopa y sarmientos. 47La llama se elevaba cuarenta y nueve codos por encima del horno; 48se expandió y quemó a los caldeos que halló alrededor del horno. 49Pero el ángel del Señor descendió al horno con Azarías y sus compañeros, y sacó la llama de fuego fuera del horno; 50formó en el centro del horno una especie de viento de rocío que soplaba, y el fuego no les tocó en absoluto, ni les hizo daño ni les causó molestias.
51Entonces los tres, como una sola boca, empezaron a alabar, glorificar y bendecir a Dios dentro del horno diciendo:
91 (24)Entonces el rey Nabucodonosor se alarmó y se levantó a toda prisa. Preguntó a sus consejeros:
—¿No eran tres los hombres que arrojamos atados al horno?
Respondieron diciendo al rey:
—Así es, majestad.
92 (25)Preguntó de nuevo:
—¿Cómo es que yo veo cuatro hombres, sin atar, caminando en medio del fuego y sin daño alguno? Y el aspecto del cuarto es como de un hijo de los dioses.
93 (26)Entonces se acercó Nabucodonosor a la puerta del horno encendido y dijo:
—Sadrac, Mesac y Abed–Negó, siervos del Dios Altísimo, salgan y vengan.
Enseguida Sadrac, Mesac y Abed–Negó salieron de en medio del fuego. 94 (27)Se arremolinaron los sátrapas, ministros, prefectos y consejeros para ver a aquellos hombres en cuyos cuerpos no había tenido poder el fuego: no se les había quemado el cabello de la cabeza, los sayales estaban intactos, y ni se notaba en ellos el olor a humo. 95 (28)Nabucodonosor tomó la palabra y dijo:
—Bendito sea el Dios de Sadrac, Mesac y Abed–Negó, que ha enviado a su ángel a salvar a sus siervos, que confiaron en Él, desobedecieron el decreto real y entregaron sus cuerpos, y que no veneraron ni adoraron a ningún otro dios que a su Dios. 96 (29)Promulgo el decreto de que quien de cualquier pueblo, nación o lengua diga blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed–Negó, sea descuartizado y su casa convertida en ruinas, porque no existe otro Dios que pueda salvar como éste.
97 (30)Después el rey hizo prosperar a Sadrac, Mesac y Abed–Negó en la provincia de Babilonia.
98 (31)«El rey Nabucodonosor a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra: que su paz vaya en aumento. 99 (32)Los signos y prodigios que el Dios Altísimo ha realizado conmigo, me ha parecido bien darlos a conocer.
4Dn1»Yo, Nabucodonosor, estaba tranquilo en mi casa y feliz en mi palacio, 2cuando tuve un sueño que me asustó; las imaginaciones que me vinieron estando en mi lecho y las visiones de mi cabeza me aterrorizaron. 3Ordené que trajeran ante mí a todos los sabios de Babilonia para que me dieran a conocer la interpretación del sueño. 4Entonces llegaron los magos, astrólogos, caldeos y adivinos; les expuse el sueño pero no me dieron a conocer su interpretación. 5Finalmente vino ante mí Daniel, cuyo nombre es Baltasar, como el de mi dios, y en quien mora el espíritu de los santos dioses, y le expuse el sueño:
6—Baltasar, jefe de los magos, puesto que sé que en ti mora el espíritu de los santos dioses y no se te resiste ningún misterio, éstas son las visiones del sueño que tuve; dime su interpretación. 7Estando en mi lecho tuve estas visiones. Miré y en medio de la tierra había un árbol cuya altura era enorme. 8El árbol creció y se hizo enorme; su copa llegaba al cielo y era visible desde todos los confines de la tierra. 9Su ramaje era hermoso y su fruto abundante; tenía alimento para todos. Bajo él buscaban refugio las bestias del campo, y en sus ramas anidaban las aves del cielo; de él se alimentaba todo ser vivo. 10Estaba contemplando las visiones de mi cabeza acostado en mi lecho, y he aquí que un vigilante, un santo, bajó del cielo, 11y gritó con gran fuerza diciendo: «Derriben el árbol, corten sus ramas, arranquen sus hojas y desparramen su fruto; que huyan de debajo de él los animales salvajes, y de sus ramas las aves. 12Pero el tocón con sus raíces déjenlo en tierra,
14»Por decreto de los ángeles llega la sentencia, y por mandato de los santos la resolución, a fin de que los vivientes reconozcan que el dominio del Altísimo está por encima del reinado de los hombres, y que Él lo da a quien quiere y eleva hasta Él al más humilde de los hombres».
15»Éste es el sueño que yo, el rey Nabucodonosor, he visto. Tú, Baltasar, di la interpretación, pues ningún sabio del reino ha podido dármela a conocer. Pero tú sí eres capaz, porque en ti mora el espíritu de los santos dioses.
16Entonces Daniel, cuyo nombre es Baltasar, quedó atónito durante un momento y sus pensamientos le alarmaron. El rey continuó diciendo:
—Señor mío, que el sueño sea para los que te odian y su interpretación para tus enemigos. 17El árbol que viste crecer y hacerse robusto, cuya cima alcanzaba el cielo y era visible en toda la tierra, 18cuyo ramaje era hermoso y su fruto abundante, y en el que había alimento para todos, y bajo el que se refugiaban las bestias del campo y en sus ramas anidaban las aves del cielo, 19eres tú, oh rey, que te has engrandecido y te has hecho fuerte. Tu grandeza ha crecido y ha alcanzado el cielo, y tu dominio los confines de la tierra. 20Acerca del ángel y santo que el rey vio bajar del cielo y decir: «Derriben el árbol y destrócenlo, pero dejen el tocón con sus raíces en tierra con sujeciones de hierro y bronce en la hierba del campo, que se empape del rocío de cielo y comparta con las bestias del campo hasta que pase así siete tiempos», 21ésta es, oh rey, la interpretación y éste es el decreto del Altísimo que recae sobre mi señor, el rey: 22te apartarán de los hombres y vivirás con las bestias del campo, te darán a comer hierba como a los toros y dejarán que te empapes del rocío del cielo; así pasarás siete tiempos hasta que reconozcas que el dominio del Altísimo está por encima del reinado de los hombres, y que Él lo da a quien quiere. 23La orden de dejar el tocón con las raíces del árbol es que tu reinado se te mantendrá cuando hayas reconocido que quien domina es el Cielo. 24Por eso, majestad, acepta de buen grado mi consejo: expía tus pecados con limosnas, y tus iniquidades socorriendo a los pobres para que dure tu prosperidad.
25Todo esto le sucedió al rey Nabucodonosor. 26Al cabo de doce meses estaba paseando por el palacio real de Babilonia, 27y comenzó el rey a decir:
—¿No es esta la gran Babilonia que yo he edificado para residencia real conforme a la grandeza de mi poder y según la gloria de mi majestad?
28Aún tenía el rey la palabra en la boca cuando vino una voz del cielo:
—A ti te hablan, rey Nabucodonosor. Se te ha quitado el reino. 29Te apartarán de los hombres y vivirás con las bestias del campo; te darán a comer hierba como a los toros, y así pasarás siete años hasta que reconozcas que el dominio del Altísimo está por encima del reinado de los hombres y que Él lo da a quien quiere.
30Al instante la palabra se cumplió en Nabucodonosor. Fue alejado de los hombres, comía hierba como los toros y su cuerpo se empapaba del rocío del cielo, hasta que el cabello le creció como las plumas de las águilas, y las uñas como las de las aves.
31«Al cabo de los días yo, Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo; me volvió la razón y bendije al Altisimo, alabé y glorifiqué al que vive eternamente,
33En aquel momento me volvió la razón y, para gloria de mi reino, se me restituyó mi majestad y mi esplendor; mis consejeros y magnates acudieron a mí, se me restableció mi reino y se me añadió mayor grandeza. 34Ahora yo, Nabucodonosor, alabo, ensalzo y glorifico al Rey del Cielo porque todas su obras son verdad y sus designios juicio, y porque puede humillar a quien actúa con soberbia».
5Dn1El rey Baltasar dio un gran banquete a mil de sus nobles, y delante de los mil se puso a beber vino. 2Bajo el efecto del vino, Baltasar mandó traer los vasos de oro y plata que su padre, Nabucodonosor, se había llevado del Templo de Jerusalén, y que bebieran en ellos el rey, sus nobles, sus mujeres y sus concubinas. 3Cuando trajeron los vasos de oro que se habían llevado del Templo de Jerusalén, bebieron en ellos el rey, sus nobles, sus mujeres y sus concubinas. 4Bebían vino y alababan a sus dioses de oro y plata, de bronce y hierro, de madera y piedra. 5En aquel momento aparecieron unos dedos de mano humana y escribieron frente al candelabro sobre el revoque del muro del palacio real; y el rey veía la palma de la mano que iba escribiendo. 6Entonces el semblante del rey palideció y sus pensamientos le turbaron; las articulaciones de las caderas se le aflojaron y las rodillas le chocaban una contra otra.
7El rey gritó con fuerza para que vinieran los astrólogos, magos y adivinos. Habló el rey y dijo a los sabios de Babilonia:
—Cualquiera que lea ese escrito y me explique su interpretación se vestirá de púrpura, llevará al cuello un collar de oro y será el tercero en autoridad en el reino.
8Entonces acudieron todos los sabios del rey, pero no pudieron leer lo escrito ni dar a conocer su interpretación al rey. 9El rey Baltasar quedó muy consternado; su semblante palideció, y sus nobles estaban confundidos.
10La reina, a las palabras del rey y de sus nobles, entró en la sala del banquete. Habló la reina y dijo:
—¡Viva el rey por los siglos! No te turben tus pensamientos ni palidezca tu semblante. 11Hay en tu reino un hombre en el que está el espíritu de los santos dioses y en el que, en los días de tu padre, se encontraron perspicacia, inteligencia y una sabiduría semejante a la sabiduría de los dioses. Tu padre, el rey Nabucodonosor, lo nombró jefe de los magos, astrólogos, caldeos y adivinos, 12porque un espíritu superior, conocimiento e inteligencia para interpretar sueños, aclarar enigmas y resolver problemas, fueron encontrados en él, en Daniel, a quien el rey puso el nombre de Baltasar. Ahora que llamen a Daniel y él explicará la interpretación.
13Entonces trajeron a Daniel ante el rey. El rey tomó la palabra y dijo a Daniel:
—¿Eres tú Daniel, uno de los deportados de Judea que trajo de Judá el rey, mi padre? 14He oído acerca de ti que tienes el espíritu de los dioses, y que en ti se encuentran perspicacia, inteligencia y una extraordinaria sabiduría. 15Han traído ante mí ahora a los sabios y a los astrólogos para que leyeran este escrito y me dieran a conocer su interpretación, pero no han podido explicar la interpretación de estas cosas. 16He oído acerca de ti que puedes dar interpretaciones y resolver problemas; pues bien, si logras leer lo escrito y darme a conocer su interpretación, vestirás la púrpura, llevarás al cuello un collar de oro y serás el tercero en autoridad en el reino.
17Entonces respondió Daniel y habló ante el rey:
—Queden para ti tus dones y da a otro tus regalos. Yo leeré al rey lo escrito y le daré a conocer su interpretación. 18Majestad, el Dios Altísimo dio el reino y el poder, la gloria y el honor a Nabucodonosor, tu padre, 19y por el poder que se le dio, todos los pueblos, naciones y lenguas temblaban y temían ante él; a quien quería mataba y a quien quería dejaba vivo; a quien quería exaltaba y a quien quería humillaba. 20Pero como su corazón se llenó de soberbia y su espíritu se obstinó en la arrogancia fue depuesto de su reino y se le quitó su gloria. 21Fue alejado de los hombres y su corazón se volvió como el de las bestias, vivió con los asnos salvajes y comió hierba como los toros; y su cuerpo se empapó del rocío del cielo hasta que reconoció que el dominio del Dios Altísimo está sobre el reinado de los hombres y establece en él a quien quiere. 22Tú, Baltasar, su hijo, no has humillado tu corazón a pesar de que sabías todo esto. 23Te has alzado contra el Señor del cielo y te han traído los vasos de su Templo, y tú, tus nobles, tus mujeres y tus concubinas han bebido vino en ellos. Has ensalzado a dioses de plata y oro, de bronce y hierro, de madera y piedra, que ni ven, ni oyen, ni conocen; mientras que al Dios en cuyas manos está tu vida y al que pertenecen todos tus caminos no lo has glorificado. 24Por eso Él, por su parte, ha enviado la palma de esa mano que ha grabado el escrito. 25Éste es el escrito grabado: Mené, mené, tequel y parsim. 26Y la interpretación de las palabras es ésta: Mené: Dios ha contado los días de tu reinado y les ha señalado el final; 27Tequel: has sido pesado en la balanza, y se te encuentra falto de peso; 28Perés: tu reino ha sido dividido, y entregado a medos y persas.
29Entonces Baltasar mandó vestir a Daniel de púrpura, ponerle al cuello un collar de oro y proclamar que él mandaría como tercero en el reino.
30Aquella misma noche fue asesinado Baltasar, rey de los caldeos.
6Dn1Darío el Medo recibió el reino a la edad de sesenta y dos años. 2Le pareció conveniente a Darío nombrar en el reino ciento veinte sátrapas que gobernasen en todo el reino, 3y sobre ellos tres ministros, uno de los cuales era Daniel, a quienes los sátrapas les rindieran cuentas a fin de que el rey no fuese perjudicado. 4Este Daniel sobresalía entre los ministros y los sátrapas porque poseía un espíritu superior, y el rey pensó ponerlo al frente de todo el reino. 5Entonces los ministros y los sátrapas anduvieron buscando algún motivo para acusar a Daniel en lo concerniente a la administración del reino; pero no pudieron encontrar ningún motivo o falta de que acusar, puesto que Daniel era leal y no pudo acusársele de ningún error o falta. 6Entonces aquellos hombres se dijeron: «Ya que no podemos acusar a este Daniel por ningún motivo, acusémosle en lo que toca a la Ley de su Dios».
7Así pues aquellos ministros y sátrapas acudieron alborotados al rey y le hablaron así:
—¡Viva el rey Darío por los siglos! 8Todos los ministros del reino, los prefectos, sátrapas, consejeros y gobernadores han acordado que se establezca un edicto real y se decrete una prohibición: que todo el que haga oración a cualquier dios u hombre durante treinta días, excepto a ti, oh rey, sea arrojado al foso de los leones. 9Así pues, majestad, establece esa prohibición y firma el decreto para que no sea cambiada, según la ley de medos y persas que es irrevocable.
10De acuerdo con esto, el rey Darío firmó el decreto con la prohibición.
11Daniel, en cuanto supo que había sido firmado el decreto, entró en su casa, en la que las ventanas del piso superior daban hacia Jerusalén, y siguió poniéndose de rodillas tres veces al día, rezando y dando gracias a Dios como solía hacerlo antes. 12Entonces aquellos fueron y sorprendieron a Daniel orando y suplicando a su Dios. 13Luego se acercaron al rey y le hablaron sobre la prohibición:
—Majestad, ¿no has firmado tú un decreto de que todo aquel que haga oración a cualquier dios u hombre durante treinta días, excepto a ti, oh rey, sea arrojado al foso de los leones?
Habló el rey y dijo:
—La decisión sigue firme, como ley de medos y persas que es irrevocable.
14Ellos replicaron y dijeron al rey:
—Pues Daniel, uno de los deportados de Judá, no te hace caso a ti, majestad, ni a la prohibición que has firmado, sino que tres veces al día hace su oración.
15El rey, cuando oyó esto, se disgustó mucho y, respecto a Daniel, se puso a pensar la manera de salvarlo; y hasta la puesta del sol estuvo esforzándose por librarlo. 16Pero entonces aquellos hombres acudieron alborotados al rey y le dijeron:
—Sabes, majestad, que la ley de medos y persas es que cualquier prohibición o decreto que el rey haya establecido no se puede cambiar.
17Entonces el rey dio órdenes de que trajeran a Daniel y lo arrojaran al foso de los leones. El rey habló y dijo a Daniel:
—El Dios al que adoras con perseverancia, Él te salvará.
18Trajeron una piedra y la pusieron sobre la boca del foso, y el rey la selló con su anillo y con el anillo de sus nobles, para que no fuese cambiada la suerte de Daniel. 19Luego el rey volvió a su palacio, pasó la noche en ayunas y sin que llevaran concubinas a su presencia; y el sueño huyó de sus ojos.
20Cuando se levantó a la mañana, al rayar el alba, fue a toda prisa al foso de los leones. 21Se acercó al foso y gritó a Daniel con voz lastimera. Habló el rey y dijo a Daniel:
—¡Daniel, siervo del Dios vivo! Tu Dios, al que adoras con perseverancia, ¿ha podido salvarte de los leones?
22Entonces Daniel habló con el rey:
—¡Viva el rey por los siglos! 23Mi Dios envió su ángel y cerró las fauces de los leones, y no me han hecho ningún daño, porque ante Él he sido encontrado inocente, y tampoco ante ti, majestad, he hecho nada malo.
24El rey se alegró mucho por eso y mandó que sacaran a Daniel del foso. Después de que sacaran a Daniel del foso, no se encontró en él ni un rasguño, porque había confiado en su Dios. 25Luego mandó el rey que trajeran a aquellos hombres que habían calumniado a Daniel, y los arrojaran al foso de los leones con sus hijos y esposas. No habían llegado aún al suelo del foso y ya los leones los habían atrapado y triturado todos sus huesos.
26Entonces el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que pueblan toda la tierra: «Que aumente su paz. 27De mi parte queda establecido el decreto de que en todos los dominios de mi reino se tiemble y se tema ante el Dios de Daniel.