COMENTARIO
El conocimiento del sueño del rey no lo presenta Daniel como mérito propio sino como revelación del Dios del cielo, único capaz de manifestar los secretos que atañen al final de los tiempos (vv. 27-28). Así queda situado ya el ámbito de la revelación divina, objeto de todo el libro: el momento final de la historia humana, algo que está únicamente en los designios divinos. Lo mismo enseñará nuestro Señor Jesucristo cuando dijo que «nadie sabe de ese día y de esa hora…» (Mt 24,36).
Daniel aprovecha la ocasión para llevar al rey al reconocimiento del Dios único, el Dios del cielo capaz de dar a conocer el sentido de la historia y de la vida.
De acuerdo con la trama de la narración, Daniel expone al rey primero el sueño (2,31-35) y después la interpretación (3,36-45). La visión del rey está llena de simbolismos. Las estatuas tienen en la Biblia connotaciones idolátricas, en cuanto hechas por manos humanas (cfr Ex 32), si bien ahora no aparece expresamente ese aspecto. Los metales van decreciendo en valor a partir de la cabeza de oro hasta los pies de barro. A ellos se contrapone la piedra y la montaña, símbolos de estabilidad y firmeza. La interpretación identifica a los metales con los distintos reinos retomando una imagen ya clásica. Hesíodo, un historiador griego de los siglos VIII-VII a.C., en su libro Los trabajos y los días ya había empleado esos mismos metales y en ese orden con el significado de épocas históricas (nn. 199-201), y algo parecido se encuentra en Polibio (Historia 38,22) y otros autores clásicos. Ahora, en la visión de Daniel, aparecen los cuatro metales a la vez, como dándose al mismo tiempo, señal de que para Dios la historia forma una unidad.
La imagen de «los pies de barro» (vv. 32-33) ha suscitado en la lectura cristiana de este texto la consideración de la fragilidad humana, que porta, sin embargo, valores preciosos, divinos: «¡Qué grande eres Señor y Dios nuestro! Tú eres el que pones en nuestra vida el sentido sobrenatural y la eficacia divina. Tú eres la causa de que, por amor de tu Hijo, con todas las fuerzas de nuestro ser, con el alma y con el cuerpo podamos repetir: oportet illum regnare!, mientras resuena la copla de nuestra debilidad, porque sabes que somos criaturas —¡y qué criaturas!— hechas de barro, no sólo en los pies: también en el corazón y en la cabeza» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 181).