COMENTARIO
La forma en la que Daniel habla al rey en los vv. 37-38 no es para adularle, sino para darle a entender que tiene un imperio glorioso porque Dios, el dueño de todo, se lo ha dado, y para mostrarle que su reinado y el esplendor de éste forman parte de los designios divinos. Los otros metales —la plata, el bronce y el hierro— representan, según se deduce del conjunto del libro, los imperios medo, persa y griego, si bien esta interpretación no aparece con toda claridad ya que la plata podría representar el imperio medo y persa conjuntamente. El reino dividido representado en el hierro mezclado con barro alude al imperio griego dividido a la muerte de Alejandro Magno (cfr 11,4) y a las alianzas matrimoniales realizadas entre los seléucidas y los lágidas (Antíoco II con Berenice, o Tolomeo V con Cleopatra; cfr 11,6.17), pero que no consiguieron la unidad entre ellos. Es en ese tiempo de confrontación entre seléucidas y lágidas en el que fue compuesto este pasaje y en el que se anuncia como final de los tiempos la instauración de un reino eterno mediante la acción divina, representada en la piedra que golpea los pies de la estatua y que llega sin intervención humana. No se dice ahora a quién se va a dar el reino, pero a la luz de 7,26 y de la indicación de que ese reino no pasará a otro pueblo (v. 44) se está suponiendo que se dará a los israelitas fieles.
La imagen de la piedra tiene una dimensión mesiánica en cuanto que es la mediación por la que va a ser instaurado el reino eterno y destruidos los anteriores. En esa imagen resuenan ecos de los profetas y de los salmos. Isaías habla de Dios como una piedra de tropiezo para Israel (cfr Is 8,14), y en Sal 118,22 el pueblo de Dios es comparado a la piedra desechada por los constructores que se ha convertido en piedra angular. En el Nuevo Testamento esa piedra es Cristo, y el reino que viene por Él es el Reino de Dios que será quitado a Israel para darlo a otro pueblo que rinda sus frutos (cfr Mt 21,42-43); además, aquél sobre el que caiga esa piedra, advierte el Señor, será destruido (cfr Lc 20,17-18). A partir de la interpretación cristológica de la piedra, algunos Santos Padres vieron bajo la imagen del monte del que proviene la piedra a la Santísima Virgen, y en la piedra desprendida sin intervención humana una imagen de la concepción de Jesús en el seno de María sin intervención de varón: «En efecto, cuando Daniel dice como hijo de hombre al que recibe el reino eterno, ¿no da a entender eso mismo? Porque decir como hijo de hombre significa que apareció y nació hombre, pero pone de manifiesto que no es de germen humano. Y llamarle piedra desprendida sin mano alguna, eso mismo está gritando misteriosamente. Porque decir que fue cortado sin ayuda de mano alguna da a entender que no es Cristo obra de los hombres, sino del designio de quien le produjo, de Dios, Padre del universo» (S. Justino, Dialogus cum Tryphone 76,1).
El mensaje de la interpretación del sueño interesa al lector del libro, y no a Nabucodonosor que habría vivido unos cuatrocientos años antes. Anuncia que, tras los reinos de este mundo que se han ido sucediendo a lo largo de la historia, llegará un reino eterno instaurado por Dios mismo por encima de todas las posibilidades humanas. El lector cristiano ve aquí anunciado el reino de Cristo, si bien no se trata de un reino de carácter terreno y político sino espiritual, como afirmará Jesús ante Pilato: «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36).