COMENTARIO
Las versiones griegas sitúan el acontecimiento «el año decimoctavo de su reinado [de Nabucodonosor]», que sería el 587, año en el que el rey tomó y saqueó Jerusalén. La estatua erigida vendría por tanto a conmemorar aquel evento. Sin embargo, el estilo solemne de la narración situando el episodio en la llanura central del territorio del imperio (Dura), la insistencia en repetir la lista de asistentes a la dedicación de la estatua y la de los instrumentos musicales, y, sobre todo, la dimensión universal de la proclama real, hacen pensar en un relato simbólico que quiere representar en esa estatua la idolatría como tal, y quizás incluso la imagen de Antíoco IV Epífanes. En cualquier caso se trata de una contraposición entre el absolutismo despótico del poder imperial que quiere imponer por la fuerza su programa religioso, y la fidelidad de aquellos jóvenes judíos a su Dios. Sorprende que Daniel no figure entre ellos; quizá porque se trata de un relato originariamente independiente del capítulo anterior, ya que, además, no es lógico que Nabucodonosor, tal como es presentado finalmente allí, actúe y hable ahora de esta forma. Con todo hay que hacer notar que la acusación no proviene del rey, sino de los caldeos que sí se someten completamente a las órdenes reales y que serán los que, como cuenta el autor con ironía, reciban el castigo (cfr 3,22.47-48). Los tres jóvenes representan frente a aquéllos la defensa de la libertad de conciencia y de religión mediante la resistencia pasiva a una orden que sobrepasaba la competencia del rey.