COMENTARIO
Las invitaciones, de forma parecida a como se hace en Sal 148, se dirigen primero a toda la creación (v. 57), luego a lo que hay en los cielos o firmamento (vv. 58-63), después a los fenómenos atmosféricos (vv. 64-73), a continuación a lo que hay en la tierra, culminando en el hombre (vv. 74-82), y finalmente a Israel y a las distintas clases de fieles (vv. 83-88). El himno concluye con la autoinvitación de los tres jóvenes a la alabanza y a la acción de gracias por la eternidad de la misericordia del Señor, expresión en la que se condensa la Alianza y que sirve de estribillo en Sal 136.
El ritmo del himno deja entender que, si bien todas las criaturas celestes y terrestres cantan la gloria de Dios por el hecho de existir, es a través del hombre y en la alabanza que su pueblo y quienes recitan el himno tributan a Dios, donde tal canto de la gloria divina adquiere voz y donde su gloria queda identificada con su misericordia que es eterna. A estos versos hace referencia el Concilio Vaticano II —la única vez que cita el libro de Daniel— para afirmar que «uno en cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, reúne en sí los elementos del mundo material, de tal modo que, por medio de él, éstos alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del Creador» (Gaudium et spes, n. 14).
Este canto recibe el nombre de Benedicite y se recita en la Liturgia de las Horas los domingos y días festivos. También ha sido recomendado por la Iglesia como oración de acción de gracias después de la Santa Misa, ya que ésta rememora la máxima manifestación de la gloria de Dios, en Cristo.